28.2.09

WITOLD GOMBROWICZ Y SIMONE WEIL


Por Juan Carlos Gómez

Gombrowicz fue construyendo poco a poco a su alrededor una especie de santidad. Engrandeció su ego hasta donde pudo y le dedicó la vida entera al arte de escribir mientras se burlaba de la patria, de la política y de la familia. Era un conquistador, aunque no supiera donde iba ni si valía la pena ir a alguna parte, quería conquistar.

Simone de Beauvoir nos recuerda en el comienzo de “¿Para qué la acción?” una conversación entre Pirro y Cineas; —Primero vamos a someter a Grecia; —¿Y después?; —Ganaremos África; —¿Y después de África?; —Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia menor, Arabia; —¿Y después?; –Iremos a las Indias; —¿Y después de las Indias?; —¡Ah, después descansaré!; —¿Por qué no descansas entonces antes de partir?

Tanto Pirro como Gombrowicz querían lo mismo, querían conquistar, pero sus proyectos no eran iguales.

El rey de Epiro conocía lo que deseaba conquistar, y sabía también que después de someter a vastas regiones de la tierra su mayor deseo sería descansar, lo que a los ojos de Cineas convertía el proyecto de Pirro en una empresa ilógica.

Gombrowicz no deseaba descansar y aunque quería conquistar no sabía lo que quería conquistar. Este desconocimiento, a los ojos de algunos Cineas de la literatura, convirtieron a sus proyectos en una empresa arbitraria.

“h, qué propiedad tan genial y generosa de la literatura: esa libertad de tejer tramas como si se tratara de escoger sendas en el bosque, sin saber adónde nos llevarán ni qué nos espera […]”.

“Escribir es para mí sobre todo un juego, no pongo en ello intención, ni plan, ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Mi esquema, lo subrayo una vez más, me aparece a posteriori”.

La ambigüedad de posición con la que se manejaba Gombrowicz respecto a su obra no la tenía sin embargo respecto de sí mismo. Cuando habla en sus diarios de personalidades sobresalientes utiliza dos procedimientos contrapuestos: en uno, primero las golpea y después las levanta del suelo completamente maltrechas; en el otro, a la inversa, primero las elogia y después las noquea. Si la ocupación con la personalidad se le prolonga mucho tiempo reitera el procedimiento, es el caso típico de Sartre y el existencialismo. Esta manía de Gombrowicz se origina en su convencimiento absoluto de que él era el mejor y de que el deseo de ser el mejor es común a todas las personalidades sobresalientes.

Simone Weil fue víctima de esos dos procedimientos contrapuestos en la oportunidad en que Gombrowicz hace algunas reflexiones sobre el catolicismo.

A Gombrowicz le costaba trabajo mantener buenas relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo peligroso y le despertaba más desconfianza aún que el propio catolicismo. El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos.

En un principio contrapone el catolicismo superficial de Sienkiewicz al trágico y profundo catolicismo de Simone Weil con el que se podía encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura contemporánea pero, posteriormente, se aleja de Weil y se acerca otra vez a Sienkiewicz porque, según dice, se había vuelto partidario de la mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de los extremismos. En general pensaba que cuando los católicos se ponían a escribir se sonaban los mocos con el alma en vez de sonárselos con la nariz.

Simone Weil —una judía conversa que ingresó a la Ecole Normale Superiore con la calificación más alta seguida de Simone de Beauvoir— se graduó en las carreras de filosofía y de literatura clásica. Investigadora de la doctrina marxista, sus preocupaciones más señaladas eran la cuestión social, la pureza y la verdad. Sus ejercitaciones en la praxis del trabajo fabril y una procesión católica que presenció en Portugal la llevaron a decir: “Tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo con ellos”. Participó de la Guerra Civil Española en las columnas anarquistas, y de la guerra le quedó el horror de la brutalidad y del desprecio de la verdad. El cristianismo ocupó un lugar preponderante en sus pensamientos, Camus y Eliot le profesaban una enorme admiración por su lucidez, honetidad intelectual y desnudez espiritual. Murió muy joven, a los treinta y cuatro años.

“Siempre me ha asombrado que pudieran existir vidas basadas en principios tan distintos de los míos […] No conozco ninguna grandeza, absolutamente ninguna. Soy un paseante pequeño burgués que por azar llega a los Alpes o hasta el Himalaya. A cada instante mi pluma toca causas supremas y poderosas, pero si he llegado hasta ellas, ha sido jugueteando…; al vagabundear como un muchacho me he topado frívolamente con ellas. Una existencia heroica, como la Simone Weil, me parece de otro planeta. Es el polo opuesto al mío: si yo soy una permanente huida de la vida, ella la asume plenamente, es la antítesis de mi deserción. Simone Weil y yo, uno no podría imaginarse un contraste más fuerte, dos interpretaciones que se excluyen mutuamente, dos sistemas contrapuestos”.

Gombrowicz se estaba enfrentando con la grandeza de una mujer que supo liberar de su interior corrientes y torbellinos espirituales de una potencia sobrehumana. ¿Grandeza?, sí, pero resulta que es así como la humanidad común y corriente se aburre con lo profundo y lo sublime y, por cortesía, aguanta a los sabios, los santos, los héroes, la religión y la filosofía. ¿Qué es Weil entonces?, una histérica que fastidia y aburre, una egoísta cuya personalidad inflada y agresiva no sabe ver a los demás, ni es capaz de verse a sí misma con ojos ajenos.

“¿Es la carpa metafísica de Simone Weil, cocinada en su propia salsa, la que debo vivir como una experiencia profunda? […] Yo exigiría una grandeza capaz de soportar a todos los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, que abarcara todos los tipos de existencia, una grandeza tan irresistible arriba como abajo […] Es una necesidad que me fue inculcada por el universalismo de mi tiempo, que quiere atraer al juego a todas las conciencias, superiores e inferiores, y ya no se contenta con la aristocracia”.

26.2.09

40 AÑOS DE VIDA LITARARIA DE BORIS ESPEZÚA SALMÓN


Por Fernando Chuquipiunta Machaca

Hace 21 años Boris Espezúa Salmón publicó su primer libro de versos, “A través del ojo de un Hueso”. No sabía entonces que por azares de la vida su actividad como poeta se iba a unir a una inusual ocupación para alguien que trata con las sugestiones superficiales, la de conquistador de varias afroditas del interior solar.

Boris Espezúa Salmón tuvo que hacer frente a un levantamiento ciudadano en la urbe del Altiplano, al que logró acallar resolviendo sagazmente el pliego petitorio. A decir de su placidez, demostró entenderse muy bien tanto con las musas como con las masas. Ahí recibió el apelativo que hasta ahora ostenta: “El Gamaliel Andino”.

Boris Espezúa Salmón, nacido en Juli (Puno) en 1960, ha cultivado desde entonces una obra que transita con igual soltura por el ánimo lírico como por la preocupación social, quizá en evocación de las labores madrigalescas a las que se dedicó en su plenitud al lado de su progenitores, en las riberas del Titi-Qaqa. Además de los cuatro poemarios, o libros publicados, tiene una profusa actividad como promotor cultural. En alguna oportunidad, incluso, viajó a Lima y allí tuvo gran amistad, nada menos que a los poetas de la generación “Hora Zero”.

En ese tránsito intenso por el devaneo cultural, cultivó algunas amistades con las cuales mantuvo después una profusa relación epistolar: con Enrique Verástegui, Tulio Mora, Juan Ramírez Ruiz, José Watanabe, Jorge Pimentel, Abelardo Sánchez León, entre otros tantos. Lamentablemente, Boris Espezúa recuerda que: “Tulio Mora —su gran amigo entrañable— le dijo en un monologo verbal: ‘El Perú en América no tiene amigos’. Penosamente, ahora todas esas reflexiones son cenizas.

La editorial Adrus de la ciudad de Arequipa, al celebrar sus cuarenta años de poeta, le publicó un libro de derecho: “La protección de la dignidad Humana”, en una edición voluminosa y muy conservadora. Allí se hallan sus conocimientos de Magíster en Derecho Público, y, es de resaltar el libro que es una prolija valoración sobre los principios de la Constitución Exigible.

No sin razón alguna digo que la poesía de Boris Espezúa Salmón “es contenida, sobria, antípoda de la elocuencia del sello hispano y se caracteriza por su naturalidad”. Por ello Espezúa bien se luce en esa brevedad que exige un relámpago rápido, la inmediata captura de una imagen o metáfora definitiva. Y ahora que el poeta lucha valientemente contra una afrenta política, esperamos que se reponga totalmente para que siga dándonos más elocuencias, necesarios para la vida misma, de nosotros.

“ENFERMEDAD AFRICANA” O EL SÍNDROME DE BRITTO


Por César Augusto Álvarez Téllez

La primera lectura que hice del flamante libro de mi amigo Jimmy (Pimentel, 1980) fue en los prolegómenos a su presentación que se realizó un viernes en la sala Atenas de la Universidad San Agustín de Arequipa. Al hacerme llegar el ejemplar por la mañana, me comprometió de paso para una reseña crítica, que acepté por el gusto de obligarme a leer después de mucho tiempo un libro primerizo de cabo a rabo.

La impresión que me iba dejando su lectura era sintomática: enfermaba mi mente (ya enferma, por demás, de tanta literatura) con las escabrosas historias que inocentemente contaba Jimmy Britto. Y digo inocentemente en el sentido de la ingenuidad narrativa, tanto en el habla coloquial de sus personajes-narradores como en la temática y estructura, asumidas con el mismo desenfado con que los jugadores de fútbol de Nigeria o Camerún asumen un encuentro mundialista, por el mero hecho de divertirse jugando, metiendo goles por el solo placer de demostrar que ellos también pueden hacerlo; no pensando en ganar el match ni mucho menos aspirar a ser campeones.

De igual manera, Britto está lejos de aceptar lo que dijo el sociólogo José Luis Ramos —en la presentación del libro de relatos— de que la Enfermedad africana es una representación de la pobreza, no solamente expresada en el nivel social del mundo que describe, sino en la violencia que le imprime el amor como sello característico. Tampoco estoy de acuerdo en que la marginalidad del tema tratado (fondo), según el profesor Gregorio Torres, sea más importante que su propio lenguaje (forma).

Si bien es cierto que los defectos (si pueden llamarse así a los involuntarios deslices propios de toda ópera prima) estriban en el estilo, en el deficiente manejo de las personas narrativas, incluso en la construcción de los personajes o el uso de las técnicas diversas, estos obedecen más bien a un inconciente capricho del espíritu del artista que a una expresa intención de epater le bourgeois.

Cabe preguntarse entonces ¿de dónde salen las historias reunidas por Jimmy en este libro?, ¿hasta que punto son autobiográficas?, ¿transmiten una experiencia personal o directa o son un testimonio impersonal? No sabemos qué fuentes utilizó el autor en sus creaciones ni vamos a averiguar qué tanto ha sido fiel o no a la realidad. La tendencia subjetiva, que vino con el postmodernismo, coloca al autor en el centro de acción y le permite determinarla, juzgarla y hasta deformarla.

Las confesiones en alta voz de la narradora de “Historia absurda” o de “Laleshka en el tranvía”, ¿hay que considerarlas verdaderas? Si el mundo aquí descrito es ya de por sí subjetivo y cerrado, se complica aún más con nuestro propio mundo, el de los lectores, abierto y colectivo, por lo que se precisa ser parte del universo brittoniano para afirmarse y poder develar su andamiaje secreto.

Jimmy Britto no tiene por qué avergonzarse (de hecho no lo hace) de su natural deseo de penetrar en el estratos más bajos de ese espacio suburbano. Su obra, especialmente “Desde Israel”, esta plagada de homosexuales, alcohólicos, drogadictos, prostitutas; donde el incesto, la traición y la muerte son apenas algunas de las marcas y síntomas de esa oscura enfermedad.

Leamos un fragmento de la descarnada historia de la niña que acepta como algo normal y, hasta con ciertos visos de ternura, el ultraje del padre: “[…] es lo único que falta para ser princesa, se lo digo, dice que sí; me besa la espalda, mi poto, mis manos; rueda una lágrima por su mejilla chuceada por cosas que no sabe explicar […]”.

Más allá de la curiosidad ortográfica es evidente comparar a Jimmy Britto con el Jaime Bayly de La noche es virgen, esta curiosidad se convierte en una necesidad en el caso de “Performance a colores” con los personajes Joaquín y Sandra de No se lo digas a nadie, por la sensación de vida, encarnada de una manera casi directa, de desgarramiento personal sufrido por el escritor. Su lectura comunica este innegable y legítimo placer de encontrar paralelismos, coordenadas que acerquen y sitúen al autor a y en su texto.

“En primera amante perdida”, Jimmy crea su propia forma, su método de composición transfiere el complejo de Electra al de Edipo (por Stella) donde algunos sucesos adquieren un carácter obsesivo y reaparecen una y otra vez, como si su creador no considerara un significado definitivo y tuviera que retomarlos de manera iterativa: “Le empiezo a tener miedo a algo que entre esta gente no se descifra constantemente sino oscila lo que fue y no será contigo […]”.

La posible naturaleza autobiográfica de “Súbito” (y en general de todos los relatos del libro), connota en esta historia un significado especial de soledad y ausencia cuando nos sumergimos en el monólogo del corresponsal nostálgico de Mariluz, su pareja, que más parece una proyección fantasmal de sus propias palabras: “[…] en este lugar donde no se despierta sino sueñas más y más […]”, delirio que denota y acoge, no denuncia, el infierno de Bukowski: torcido, sepulcral, negro...

El tiro de gracia viene rematado con el final testimonio de Sasha, terrible y conmovedor, con un irónico sentido de humor, que lo hace tan alegre y triste a la vez, como su alter ego: Sisi. Frases como: “besos largos y profundos,… tan frescos como lo son los de verdad”, “es mejor moverse en la oscuridad”, y muchas otras, nos hacen pensar en que el autor ha intentado urdir una temerosa visión de su persona, que los psicoanalistas se encargarán de analizar.

Su tendencia al lenguaje coloquial (que nos hacen recordar al Reynoso de Los inocentes) y la burla de su propia negrura, convierten Enfermedad africana en un síndrome, una herida incurable; su negación en una última afirmación irrebatible como la muerte de su amiga Sisi: “Tantas esperas para olvidar”.

¿Olvidar qué? Sólo Jimmy conoce (o quizás no) esa clara evidencia esparcida a lo largo de su libro, que los lectores interpretamos a nuestra manera y conveniencia: la voluntad del artista, trágica y fascinante, de llegar a encontrarse a sí mismo.

Enfermedad africana.
Jimmy Britto
Arequipa: Grita ediciones, 2007.

*Publicado en la revista virtual Letras s5.

24.2.09

WITOLD GOMBROWICZ Y DIONYS MASCOLO


Por Juan Carlos Gómez

Gombrowicz le ha dedicado en los diarios tantas páginas a Dionys Mascolo como a Sienkiewicz o a Dante, había encontrado un parentesco con ese francés conocido por su comunismo atormentado.

El interés que le despertó la lectura de “Le Communisme” quizás tenga algo que ver con el hecho de que se trata de un comunismo refinado, condimentado con todos los sabores elitistas, un comunismo para la aristocracia. Recordemos que Gombrowicz no fue comunista ni existencialista pero en ambos casos estuvo cerca de serlo, y no lo fue por su aversión natural a las ideologías y a los credos.

El objetivo expreso de este libro es poner en el primer plano del marxismo la teoría de la necesidad como base del materialismo dialéctico. Mascolo no era un creyente, era un intelectual que intentaba organizar su propia posición entre el comunismo y el intelectualismo clásico.

La mayor dificultad con la que se encuentra Mascolo es la de que el comunismo no es una idea ni el descubrimiento de ninguna verdad, es solamente un instrumento que le permite al hombre llegar a la verdad y a la idea.

El comunismo intenta liberar al hombre de sus dependencias materiales pues estas dependencias no le permiten pensar ni sentir correctamente de acuerdo a su verdadera naturaleza, y es esta correspondencia intensa entre el espíritu y la naturaleza el quid de “Le Communisme”.

“La contundente tesis sobre el paralelismo entre el espíritu y la materia, esta idea fascinante y reveladora, aparece aquí como Dios se le apareció a Moisés, y dicta su ley”.

Gombrowicz se sentía próximo a Mascolo, habían tenido los mismos maestros pero Mascolo, siguiendo el mismo camino de Gombrowicz, había llegado a otro lugar desde el que se apreciaba un panorama distinto.

A Gombrowicz le resultaba difícil oponerse al comunismo pues el pensamiento comunista era prácticamente se propio pensamiento, sin embargo en algún lugar esta inclinación intelectual se le volvía deforme, extraña y hostil.

No había respeto, autoridad ni afecto que lo pudieran frenar pues era libre, a pesar de esto rechazó el comunismo. A Mascolo le ocurrió algo parecido a Gombrowicz pero se quedó en el camino.

Para dominar el mundo Mascolo recurrió a un pensamiento más fuerte que el suyo propio, un camino que Gombrowicz evitó, pero como no pudo dominar este pensamiento, hacerlo verdaderamente suyo, el pensamiento lanzó a Mascolo contra el mundo. Como el cometido era superior a sus fuerzas intentó transformarse a sí mismo para ponerse a la altura del cometido, pero este intento convirtió a Mascolo en un instrumento de sí mismo.

Mascolo se transformó para Mascolo en un obstáculo más, de modo que ahora no sólo tenía que dominar el mundo sino también a Mascolo.

“Por eso su libro está escrito más para él mismo que para los demás: Mascolo transforma a Mascolo cortándole ante todo los caminos de retirada”.

Cuando alguien se corta la retirada se pone inmediatamente en la vereda de enfrente de Gombrowicz. Como un gato, anda buscando ese punto de ruptura donde el comunismo se le vuelve extraño y hostil. Gombrowicz está de acuerdo con el marxismo en que la necesidad está en la base del valor, pero esta relación entraña una dificultad que los comunistas no han podido resolver. El dilema que plantea la doctrina no es filosófico sino productivo, es decir, tiene como imperativo demostrar que es más eficiente para producir bienes y distribuirlos que el sistema capitalista; hasta que esta capacidad quede demostrada, todas las otras deliberaciones no son más que sueños.

Gombrowicz no puede inmiscuirse en este asunto, a él le importa la personalidad y no las ideas; él, en tanto que artista, se especializa en constatar cómo las ideas influyen en las personas pues una idea abstraída de su relación con el hombre no tiene valor. Las dos aporías que le plantea el comunismo, una, respecto al sentido moral, y la otra, respecto a su sistema productivo, sólo se pueden resolver escapándose de ellas: hay que retirarse de su exceso hacia una dimensión más humana. La capacidad que puede desarrollar un hombre para tomar distancia, para retirarse, escaparse, huir de una situación, de las ideas, de los sentimientos, de sí mismo o de lo que sea, es la única y verdadera libertad. No es que tenga que huir, pero tiene que tener la posibilidad de hacerlo.

Mascolo en cambio se precipita contra el cosmos estimulándose a sí mismo a correr cada vez más rápido, la realidad se le vuelve terriblemente fluida, y esa infinitud indefinida le crispa los nervios porque Mascolo, igual que todos los hombres, desea un mundo definido.

“Toda la dialéctica del desarrollo, del devenir, de la dependencia, es una sutil mentira que debe ocultar el único anhelo esencial del hombre, el anhelo de lo definido. Destruye la forma para imponer una nueva forma —sin la forma no puede existir—, y, cualquiera que sea esta nueva forma, desde el momento que la ha escogido, tiene que llevarla a la plena realización. ¿Por qué ha dicho A? No lo se sabe. Pero al haber dicho A tiene que decir B”.

De un viejo refrán aprendimos que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. No es el caso de Gombrowicz, no hay regla que no tenga su excepción, pero podría ser el caso de Mascolo. Nadie le puede regatear los méritos a este intelectual comprometido, pero es más bien recordado como compañero sentimental de Marguerite Duras.

No está nada mal que Gombrowicz haya puesto la atención en este marxista francés cuya existencia estuvo marcada por una rebeldía e inquietud innatas. “Le Communisme” es una obra en la que Mascolo refleja la contradicción de un espíritu que se atormenta entre la imposibilidad ser comunista y la necesidad de ser el comunista, una contradicción que tiene alguna analogía con la de Gombrowicz, pero al revés. Forzando un poco las cosas podríamos decir que Gombrowicz tenía una necesidad de ser el comunista que no era, pero le resultaba imposible serlo.

Mascolo se puso del lado de los estudiantes franceses en los acontecimientos de mayo de 1968, y firmó la condena de la Unión de Escritores de Francia que calificó a Gombrowicz de reaccionario.

23.2.09

SOBRE “ANTROPOLOGÍA DE LA ESPUMA” DE JIMMY MARROQUÍN LAZO


A una semana exactamente de la presentación del poemario Antropología de la espuma de mi amigo Jimmy Marroquín, publico el rollo, las palabras que pronuncié el pasado 14 de febrero. Si se animan léanlo o en todo caso el Mouse es libre de ser usado para lo que a usted le apetezca…

Por Stanley Vega

Antropología de la espuma es el tercer poemario de Jimmy Marroquín (Arequipa, 1970), poemario que como el mismo autor lo señala en la dedicatoria, es un “testimonio” “pálido y leve, del amor”. La familia, los romances finitos y una brumosa ausencia convertida en cenizas se desgajan a través de los múltiples espacios sostenidos en las tres partes que contiene este libro: I. Diseño de la espuma, II. Antropología de la espuma y III. Relación de cenizas.

En la primera parte se observa el desentierro, ese crepitante retorno hacia el pasado, los primeros esbozos de algunos vestigios que insisten en permanecer como “una secuela supurante de imágenes” y que a su vez “renuevan, con aleve unción”, el fundado linaje. En algún momento me hizo recordar a Valdelomar, cuando dice: “Cada mesa, cada cubierto, cada silla, ayer participe del fervoroso monologo de amados rumores disidentes, yacen, hoy, inertes, sumergidos en la caudal irrisión de la polilla”. Pero definitivamente hay una diferencia entre ambos. Marroquín vuelve a sentir su infancia con el corazón ebrio y añoso. En él no cabe la añoranza subliminal. Le llega altamente volver a tener esa remota y cristalina mirada de aquel niño que fue. Es por ello se le escucha decir: “Vana infancia, / ora en ruinas, / ora invicta, / en la primordial / regencia de la espuma”. Lo único que hace es entregarse a ese caudal dialéctico e inminente del tiempo. Y es precisamente en aquel prolongado retorno que también vuelve a transitar antiguos parajes: “Es esta la casa, / la que nos guarecía / de la aviesa / liviandad de la intemperie, / yace hoy, abandonada, / luciente, / como un amoroso monumento de la nada”.

El redescubrimiento de cenagosos fragmentos de su antigua morada, de su lejana casa-madre, propicia en la segunda parte, nombre que da titulo también al poemario, el hallazgo intermitente de sus hermanos y hasta el reflejo de sí mismo, “el hijo pródigo”, quien ha olvidado quién es, habitando “acá y el allá”, “la transparencia del fuego”. Su voz está cargada de acerados adjetivos (Indolente, espectral, insoslayable, enardecida, insoluto, falaz, irrito, aleve, obsesas) e incluso tiene un tono profético. He ahí que en un instante de resplandeciente certeza indique “No, no se ha ido / esta nostalgia afilada como estaca”, “cada risa, cada llanto, / cada suspiro envilecido / o flatulenta vigorosa, / cada grito destemplado, / son hoy pábulo de la corrosión irreductible”.Es aquí cuando el tiempo se convierte en una hamaca fluctuante y se oye al poeta precisar: “He visto, en irretornable y agónica sucesión, / el flujo espectral de mi niñez, / su falaz acaecer / en el sendero burbujeante de una afiebrada visión”.

Lo que uno puede hallar en la tercera parte es ausencia, un ligero viento de desierto, colilla esparcida en la noche. “Aún cuando no lo merezca / es esta mi heredad, austera y vasta”, “una suma impetuosa de vaho y viento / añadida a la tumescencia de la carne”. Mas luego, cuando la imagen de la amada es aún palpable, su piel se esparce y dice: “la rutina que me acerca a ti, que me hace buscarte / desfallecido y acechante, sin saber quién soy / ni quién eres, confundidos en un tullido y enervante sueño / hecho de gajos de este mundo”.

En Antropología de la espuma sin duda se percibe la noción fatigosa y astillada que se tiene a la hora de paladear el camino desandado. Versos escritos cuando los músculos estaban probablemente exhaustos y en el pecho se avizoraba los disparos provocados por el tiempo y la nada. Sentado en una azotea “donde se pudre al sol trastos” y ya teniendo el presupuesto, bajo una tarde cualquiera, de que “nuestra historia ya fue contada por diligentes bocas anónimas, trivial hasta la nausea, deformada, parchada con imperativos circunstanciales, heroicidades cómicas y huera palabrería solemne”. Más allá de hacer uso de la ciencia, lo que Marroquín ha hecho es tratar de exorcizar sus recuerdos, de recurrir a sus artes de impenitente demiurgo: “Es esta, y no otra, la historia / —la espuma— / que nos pule / como morosos guijarros de un mar intraductible”.

*Publicado en Prohibido Estacionarse. En la imagen Jimmy Marroquín y Stanley Vega el día de la presentación de ADLE, tomada de PE.

22.2.09

EL JUEGO VERDADERO: UN CUENTO DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN


EL JUEGO VERDADERO
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Volví a Arequipa para ultimar una crónica novelada sobre mi gran amistad con Edmundo de los Ríos. Al pisar el aeropuerto abrigué la esperanza de que en el fondo —y por esos azares del destino— fuera él quien, desde el más allá y cual cómplice perfecto, me hiciera caer en alguno de esos juegos verdaderos y, así, me trajo de vuelta a casa para pulsear la ciudad blanca más negra, columpiándome entre la añoranza y el desconcierto: una ciudad nueva para un hombre viejo.

Un manojo de estudiantes de Literatura tuvo la deferencia de organizarme una inmerecida recepción. Uno de ellos se ofreció gentilmente a alojarme en su departamento. Pero antes paseamos por el centro histórico, tomamos un café en San Francisco y conversamos de libros, cine y algo de política. José —así se llamaba el chico que me consideraba poco menos que un huésped ilustre— me preguntó varias veces sobre la amistad que mantuve con Edmundo. Le dije lo obvio: que nos conocimos en la redacción de Caretas y que a ambos nos gustaban nuestros buenos tragos. Seguimos dialogando animadamente en el taxi hasta arribar a Tahuaycani, el barrio en donde él vivía.

La habitación, aunque pequeña, era cómoda. Tenía baño, un televisor, una mesa ratona y un computador con conexión a Internet: “Para que usted revise su correo cuando quiera”, me había indicado el muchacho antes de entregarme un manuscrito, “si quiere aburrirse puede leer alguno de mis cuentos, no son gran cosa, pero uno nunca sabe, ¿no?”. Accedí con un gesto paternal: “Tienes razón, José: uno nunca sabe”. Y se lo dije con una seriedad terminante, porque él ignoraba que yo no tengo, ni he tenido, un e-mail.

El chico me dio un tímido abrazo y me anunció que tenía una cita nocturna, le deseé suerte y me recosté sobre la cama. Lo sentí salir de la casa y, ¡ay!, también sentí el asomo del soroche. Los años no pasan en vano, pensé, y, cuando me aprestaba a hojear el primer relato, una mujer entró intempestivamente a mi habitación. Me estiró la mano antes de preguntarme si acaso yo era lo que soy: ¿Es usted el escritor? Asentí sintiéndome ridículo. Ella se llevó las manos al rostro y empezó a llorar desesperadamente. Sin saber qué hacer, le alcancé mi pañuelo, pero ella seguía echando lágrimas. ¿Qué le pasa, señora? No respondía nada, pero era un hecho que le pasaba todo. De pronto, se sentó en la orilla de la cama y me miró, lívida: “es el José, es mi José, anda perdido mi hijo, no sé cómo ayudarlo”.

Sentí un nudo en la garganta, mirarla a los ojos era como saltar al vacío. “No entiendo, ¿quiere decirme que él se droga?”. Me miró desafiante: “Eso jamás, señor… Para ser escritor es usted bastante despistado”. Es verdad, lo admití, pero ¿qué es lo que tiene su hijo?

—¡Quiere volverse escritor! —me espetó como culpándome de ese delito. Y dijo “volverse”, verbo traicionero que me hizo caer en la cuenta de que yo, a pesar de mis cinco novelas y de aquel malhadado libro de cuentos iniciático, todavía no me había vuelto escritor. El oficio ahora se presentaba ante mí como una tuerca que nunca terminaba de girar. Me faltaba otra vuelta de tuerca para volverme, por fin, escritor. Ella lloraba por fuera y yo lo empecé a hacer por adentro, por donde nadie mira, por donde anidan las fantasías del artista… del artista que siempre quise ser.

—Yo también —le dije muy suelto de huesos pero a la vez fascinado por la confesión—: Quiero volverme escritor y, si usted me lo permite, puedo ayudar a José.

—¿Me lo jura?

—No necesito jurarle nada: acabo de leer sus cuentos —mentí magistralmente—. En todos ellos no he encontrado más que talento. Su hijo ya es un escritor, sólo le falta un empujón y para eso estoy acá, señora…

—María José —me dijo su nombre con un semblante mudado—. Pero no me mienta, ¿en verdad le parece tan bueno?

—Sin duda alguna —afirmé—, pero nos falta una cosa… Ella dibujó el gesto más interrogativo que haya visto en mi vida. La tomé de las manos y, lentamente, la puse de pie. Ella se ruborizó ante mi mirada. Hubo un cambio repentino, me tuteó: “tus ojos son casi verdes”. Empecé a pasear mis manos por su cintura, afirmé su cuerpo contra el mío y subí hasta sus pechos, sintiéndolos, sopesándolos, anhelante: “ojos casi verdes para pechos casi firmes”.

—¿Qué nos está pasando? —se preguntó, turbada, mientras yo le desabotonaba la blusa.

—¿Alguna vez has jugado Rayuela, María José? —respondí a su pregunta con otra.

—Sí —asintió—, cuando era muy niña.

Jugamos Rayuela desnudos en su patio, y después se entregó a mí sin reparos. No tuve que decirle “ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará”. Y no se lo dije simplemente porque no hicimos el amor, sólo jugamos un juego: jugamos a ser desconocidos, a volvernos amantes fugaces, un escritor y una madre, una pareja itinerante. Un juego verdadero que hasta el día de hoy, a ella a mí (y al propio José) nos sigue sorprendiendo.
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© Orlando Mazeyra Guillén: (Arequipa, 1981) ha publicado URGENTE: Necesito un retazo de felicidad (Lima, Bizarro Ediciones, 2007). Estudió en la Universidad Católica de Santa María. Con Todo comenzó en la Universidad ganó el Primer Premio Nacional Universitario NICANOR DE LA FUENTE (2003), organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Sus relatos, Ella siempre está, forma parte de la Selección Internacional del XIII Premio CARMEN BÁEZ (2006) de Morelia, México; y 3:15 p.m. recibió una de las menciones en el Primer Certamen Literario AXOLOTL de Buenos Aires, Argentina. Ha publicado en diarios impresos y revistas literarias virtuales como El Pueblo (Arequipa), El Parnaso (Granada), Cervantes Virtual (Alicante), El Hablador (Lima), Letralia (Venezuela), Hermano Cerdo (México) y en el Proyecto Patrimonio de Santiago de Chile. En la imagen: el autor. También puedes leer otro cuento de OMG en este Blog.

21.2.09

BURROUGHS POR SUDAMÉRICA: EL VIAJE DE IDA


Por Roberto Santander Avalos

El ojo es una imagen imaginaria, que da vida al cuadro.
Allen Ginsberg

El viaje es un lugar de tránsito; constante debate entre lo propio y lo ajeno, experiencia certera de registro y nota. Es, quizá, el choque de la creencia personal con las creencias del lugar que se visita lo que genera tensiones dignas de contarse. La proximidad y la distancia, como fronteras de un signo inequívoco, irremplazable y, muchas veces, despótico, hace que se suela usar el viaje como un símil de lo que es la literatura.

Viajar es, de cierta forma, caminar narrativamente por sitios no vistos, por experiencias distantes. Ponerlas en papel y darlas a conocer a otros, será una opción, pero todo viaje, más allá de que se haga patente en la escritura del mismo, será una historia que nos cuentan y nos contamos.

William Burroughs visitó Sudamérica, en el año 1953, y dejó registro de su paso. Las cartas que le escribió a Allen Ginsberg, recopiladas en el libro Cartas del Yagé (o Cartas de la Ayahuasca, por Anagrama) son muestra de lo que digo. Siete años después, Ginsberg haría lo mismo.

Ninguno de los autores mencionados requiere presentación, pero sí debemos decir que sus escritos sobre sus viajes por América del Sur, permiten que sean cotejados desde múltiples perspectivas: desde una aproximación biográfica, política, sociológica; desde una mirada estrictamente literaria, o, incluso, mística.

Burroughs y Ginsberg viajaron, y sus cartas lo confiesan, con una misión clara: probar el Yagé o Ayahuasca. Si bien Burroughs venía precedido de un famoso incidente en México (el asesinato de su esposa), su viaje por Latinoamérica pretendía ser una búsqueda de esta nueva droga, la cual nunca había experimentado.

Este texto puede indagar en las manifestaciones sicológicas y físicas que le provocó el consumo de Ayahuasca, pero, a mi juicio, sus cartas son oportunidades para explorar la mirada del novelista norteamericano hacia lo sudamericano. Es que los comentarios, obsesiones y malestares de Burroughs hacia lo latinoamericano, generan un discurso subterráneo que puede —dependiendo quién y cómo lo lea— funcionar como espejo. No se trata de juzgar, sino de leer las señales.

La Compañía

Burroughs busca compañía. Su transitar es solitario, pero la necesidad de un otro, como compañero sexual, es parte del recorrido. Es, si se quiere, otra forma de soledad; ambigua y primaria. Los comentarios al respecto son variados, pero tienen una estructura común: la dificultad de sentirse parte del juego. «Debo añadir que en Panamá, lejos de correr la gran juerga, nunca he conseguido un muchacho. Siempre me pregunto cómo será un chico panameño. Probablemente un castrado».

Si no se encuentra, hay que llegar a una transacción. Y le cuenta a Ginsberg cómo lo hacen; la aparente espontaneidad amorosa es interrumpida por el acuerdo económico. «Nos sentamos a la luz de la luna, al costado del camino, y él dejó caer su codo en mi ingle y dijo: “Mister”, y lo que oí después fue: “¿Cuánto me va a dar?”. Quería treinta dólares, evidentemente calculando que él era una mercadería escasa en el Alto Amazonas. […] De algún modo se las arregló para sacarme veinte dólares y los calzoncillos (cuando me dijo que me quitara los calzoncillos pensé, caramba, que tipo apasionado; pero no era más que una maniobra para birlármelos)».

La compañía se paga. Pero también, y Burroughs lo va aprendiendo, estar acompañado puede ser una excusa para que el otro te robe. El juego no es gratis; el cariño también puede entrar al mercado. «Encontré un muchacho y fui con él a un lugar de baile. Pues bien; en medio de ese bien iluminado salón de baile, que no era de homosexuales, el muchacho me puso la mano sobre la pija. De modo que yo le correspondí y nadie prestó atención. Luego trató de encontrar algo que valiera la pena robar en mi bolsillo pero yo, prudentemente, había escondido el dinero en la cinta del sombrero».

Y luego, como es costumbre en el autor de El Almuerzo Desnudo, viene el juicio. Juicio lapidario sobre el lugar y sus hábitos. «Este es un país de cleptómanos. En toda mi experiencia de homosexual nunca había sido víctima de hurtos tan idiotas, de objetos que no tienen ningún valor concebible para otra persona. Hasta anteojos y cheques de viajero».

Pero Burroughs saca lecciones. En el dar y quitar, en la compra y venta sentimental, el escritor universaliza la experiencia. «La homosexualidad es sencillamente una potencialidad humana como lo demuestran los casi universales episodios de las prisiones; y nada humano le es ajeno ni chocante a un sudamericano».

Costumbres y Espacios

Horas y horarios, fisonomías y vestimentas. El viaje muestra nuevas imágenes. Otro color. Otra manera de hacer lo mismo. Burroughs, y sus cartas lo manifiestan, no entiende. El espacio se habita de otra manera y ésa forma resulta ser una ruptura irreconciliable con su concepción de mundo.

«Todos los días nos proponemos salir temprano hacia la selva. Los colombianos terminan de desayunar alrededor de las once (el resto de nosotros esperando por ahí desde las ocho) y empiezan a buscar un guía competente con preferencia alguno que posea una finca cerca del pueblo. Llegamos a la finca más o menos a la una y perdemos otra hora almorzando. Entonces los colombianos dicen: “Parece que la selva está lejos. A unas tres horas. Hoy no hay tiempo de llegar allí”».

Y tiene observaciones finas, detalladas e inapelables. «A un sudamericano le puede estar asomando el culo por los pantalones pero seguirá con la corbata puesta».

El autor, además, genera una particular advertencia sobre el espacio. «El cuarto del hotel es un cubículo sin ventanas (en América del Sur, las ventanas son un lujo), con tabiques de madera prensada, color verde y una cama demasiado chica».

No hay ventanas para mirar hacia fuera. No hay ventanas, incluso, que puedan funcionar como espejos. El símil puede resultar obvio, pero del mismo se desprende una gran cantidad de lecturas. Ni mirar ni mirarse: tabiques de madera.

La burocracia Sudamericana lo sorprende. Y la convierte en sentencia. «…el Comandante no estaba, de modo que quien lo reemplazaba me hizo encerrar en un cubículo de madera en el que ni siquiera había un balde donde mear. Junto conmigo metieron todo mi equipaje si revisarlo. Podía haber llevado una ametralladora oculta en el equipaje. Un toque típicamente sudamericano».

Advierte que no hay dos caminos. Sólo uno; y ambos tienen el mismo y fatal desenlace. «La gente cree que no hay más que meterse en un negocio sucio para hacerse rico de la noche a la mañana. No comprenden que los negocios, honestos o deshonestos, son el mismo dolor de cabeza de mierda».

Sobre los países

Burroughs saca conclusiones sobre cada país que visita. Más allá de un principio general sobre lo hispánico que se detallará más adelante, el autor tiene opinión sobre los países que recorre; siempre, y esto hay que destacarlo si se quieren desprender conclusiones generales, negativas.

Habla acerca de Panamá, lugar donde inicia su recorrido. «Los panameños deben ser los individuos más piojosos del hemisferio —aunque tengo entendido que los venezolanos entran en la competencia…».

No hay cartas fechadas desde Ecuador. Todo lo que dice respecto a ése país, lo relata desde Perú. «Recorrí Ecuador lo más rápidamente posible. Qué lugar horrible es. Un complejo de inferioridad nacional de país pequeño en su estado más avanzado». […] «Ecuador está realmente barranca abajo. Que Perú se apodere de él y lo civilice, para que la gente pueda disfrutar de comodidades. Hasta ahora no he conseguido un muchacho en Ecuador y no se consigue opio en ninguna parte».

Perú, como dice Burroughs, “es lo bastante parecida a México como para ponerme nostálgico”. Podría, y esa es la impresión que da en un comienzo, ser el lugar latinoamericano más próximo a él, pero su opinión va cambiando. En su segunda visita a la ciudad, ya no encuentra los lugares iguales, ni los amigos que frecuentaban sus bares. Como si a la ciudad un cambio continuo la atacara, como si nada fuera permanente.

Y es el relato de una escena de violencia lo que lo hace decidir su partida. Lima: violencia y desaparición. «…vi en el mercado a uno de los muchachos que conocí antes de salir de Lima. […] Ahora estaba borracho. Una cicatriz debajo del ojo izquierdo. La toqué y pregunté: “¿Cuchillo?” Dijo “Sí”, y sonrió, los ojos vidriosos e inyectados».

La sentencia una vez más aparece. El escritor norteamericano imagina lo que sería vivir en Sudamérica. Y frente a eso, su comentario es: «Este lugar me llena de un miedo horrible al estancamiento. La sensación de localización, de estar justamente donde estoy y no en ningún otro lugar es insoportable. ¡Imagínate que hubiera debido vivir aquí!».

Madre Patria

En las cartas aparecen menciones concretas y directas sobre la herencia española en América del Sur. No son antojadizas, sino que elaboran un cuestionamiento hacia el origen de los habitantes de Sudamérica. Se interpretan sus costumbres como condenas. No me atrevo a sostener que Burroughs ponga lo Norteamericano por sobre lo Latino, ya que no lo hace, sino que su crítica se confecciona a través de una queja hacia lo español. Porque lo español, para él, y así se desprende, se configura a través de una institucionalidad, que está enmarcada en lo que sería la Iglesia Católica.

«El corto muestra al cura acariciando los ladrillos y dando palmaditas en el hombro a los obreros y en general repitiendo la misma mentirosa representación católica. Un tipo flaco con ojos delirantes de neurótico. Al final pronuncia un discurso cuya moraleja es: Dondequiera que uno encuentra progreso social o buen trabajo o cualquier cosa buena, allí se encontrará a la Iglesia».

Ser conquistado por España, en consecuencia, es ser conquistado por una visión de mundo particular, como lo dice la cita recién destacada. Vemos que España aparece como causa; una América del Sur independiente políticamente, pero un lugar oprimido por una manera de conquista que se basa en el silencio, la culpa y la opresión. «Bogotá es alta, fría, y húmeda; es un frío húmedo que se le mete a uno dentro como el frío enfermizo del opio. No hay calefacción en ninguna parte y uno nunca llega a calentarse. Como en ninguna otra ciudad que haya visto en América del Sur, se siente en Bogotá el peso muerto de España, sombrío y opresivo. Todo cuanto es oficial lleva el sello de Made in Spain».

Y cuando digo que no pone lo Norteamericano por sobre lo Latinoamericano, lo sostengo basándome en sus propias palabras. Sin embargo, y aquí sí podemos generar una visión antagónica, con aires de superioridad, coloca a los ingleses —como raza que conquistó Norteamérica— por sobre lo Español. O sea, el paralelo de comparación no lo hace con el Continente Sudamericano, sino que lo realiza con España.

«Hablo del Sudamericano en su mejor expresión, una raza especial en parte india, en parte blanca, en parte sabe Dios qué. No es, como uno suele pensarlo al principio, fundamentalmente un oriental, ni pertenece a Occidente. Es algo especial, distinto a cualquier otra cosa. Se ha visto impedido de expresarse por los españoles y la Iglesia Católica. Lo que se necesita es un nuevo Bolívar que realmente arregle las cosas. […] Nunca me sentí tan decididamente de un lado e incapaz de percibir alguna característica redentora del otro».

«América del Sur es una mezcla de razas todas ellas necesarias para alcanzar la forma potencial. Necesitan sangre de blancos, como lo saben —el mito del Dios Blanco— y qué es lo que consiguieron sino esta porquería de españoles. Con todo tuvieron la ventaja de la debilidad. Nunca hubieran conseguido echar a los ingleses de aquí. Hubieran creado esa atrocidad conocida como un País de Hombres Blancos».

Como viene siendo costumbre, Burroughs dicta su máxima: «Nunca me siento halagado por esa simpatía promiscua hacia los norteamericanos. Es ofensiva para la dignidad personal, y nada bueno puede esperarse de esos simpatizantes de los Estados Unidos».

Burroughs elabora un procedimiento de descomposición de lo latinoamericano, basándose en una queja constante sobre el habitar del hombre del Sur, pero responsabilizando al conquistador español de tales vicios. Se coloca por sobre ellos, contraponiendo el Inglés al Español, y deshace el alabo sudamericano hacia lo Estadounidense, basándose, creo, en el principio de aceptación.

La crítica hacia lo español se hace aún más visible cuando se trata de literatura. Ahí muestra una superioridad rabiosa. «Cuando dijeron que la literatura norteamericana era inexistente y la inglesa muy pobre, perdí los estribos y les dije que el lugar de la literatura española era la letrina, colgada de un gancho justo con los catálogos del viejo de Montgomery Ward. Estaba temblando de rabia y me di cuenta hasta qué punto el lugar me estaba afectando».

Todo viaje es de ida

Puede quejarse, y puede deshilvanar las redes de lo Sudamericano, por dos razones: él no es de aquí y él es escritor.

La mirada del extranjero, y la literatura nos regala innumerables ejemplos, siempre permite disociarse de la realidad inmediata. Pero no sólo es extranjero, sino también es escritor, por lo que puede contar y narrar lo que ve, sin censuras ni voluntades ajenas al yo. El viaje de Burroughs, además, no es el viaje de un escritor cualquiera, —ya que el propio autor es un narrador que se rebela a la tradición norteamericana explorando nuevas formas de expresión—, sino que es un viaje de un extranjero permanente, que no encuentra lugar, que crea y genera, constantemente, nuevos mundos que se basan en la experimentación y la búsqueda constante de universos y mensajes paralelos. Burroughs es un escritor que ve trampa y engaño en todo, incluso en su propio país. De ahí el valor de la mirada hacia lo latinoamericano del autor estadounidense. Una mirada crítica, ineludible y, aunque el escritor se haya ido, permanente.

20.2.09

WITOLD GOMBROWICZ Y ERNESTO SABATO


Por Juan Carlos Gómez

Yo fui amigo de dos grandes escritores del siglo XX, de Gombrowicz y del Pterodáctilo, ambos con un sentido del humor que no podían ejercer abiertamente cuando estaban próximos.

Sin embargo, el hombre de letras argentino es una persona seria, aparte de escribir enseñaba filosofía con un método que le explicaba a Gombrowicz para que lo utilizara en un curso sobre Heidegger que estaba preparando. Había que arrancar a los alumnos de la realidad a la que estaban acostumbrados y hacer que lo vean todo de nuevo, la angustia los obligará a buscar soluciones nuevas y entonces se dirigirán al maestro, pero hay que destruir todo, hay que crear un estado de peligro. El saber, sea el que fuere, desde la matemática pura hasta las sugestiones más oscuras del arte, no está hecho para tranquilizar el alma, sino para ponerla en estado de vibración y tensión.

No es tan fácil distinguir, no obstante, cuándo habla en broma de cuándo habla en serio este hombre de letras tan connotado. Una tarde le estaba relatando una macana que había hecho Kalicki: —¿Y quién hizo la macana?; —Kalicki la hizo, es un polaco que te tradujo a vos y al Asiriobabilónico Metafísico al idioma de Gombrowicz; —¿Y dónde vive?; —Vive en Polonia, claro, ¿dónde va a vivir?; —¿Y qué hizo?; —Se olvidó de traducir todo lo que le dije a Peicovich sobre tu relación con Gombrowicz; —¿Sabés?, seguramente lo hizo por algún resentimiento; —¡Pero qué resentimiento ni qué pelotas, lo hizo porque es un boludo!; —¿Quién es un boludo?; —Kalicki es un boludo; —Ah, ¿y quién es Kalicki?

Aunque pueda parecer una perogrullada hay que decir que el arte de escribir, entre muchas otras cosas, también tiene que ver con las palabras.

“¿Qué pensar de la categoría intelectual y demás cualidades de una persona que aún no se ha enterado de que las palabras cambian en función de su uso, de que incluso la palabra 'rosa' puede perder su perfume cuando aparece en labios de una pedante pretenciosa y en cambio la palabra ‘m...’ puede resultar correctísima cuando su uso está sometido a una disciplina consciente de sus objetivos?”

Esta forma de ver las cosas se volvió muy importante cuando la editorial “Sudamericana” se propuso editar “Ferdydurke” por segunda vez en la Argentina, cosa que ocurrió en 1964.

En un tiempo en que Gombrowicz estaba débil y desmoralizado después del año penoso que había pasado en Berlín, yo tomé contacto con el Pterodáctilo por expreso pedido de Gombrowicz, para discutir la reedición de Ferdydurke.

El Pterodáctilo consideraba que había que rehacer la traducción desde el principio para la reedición del libro, y yo que no había que rehacerla. Sus argumentos eran los clásicos, la gramática y la sintaxis del libro ofrecían algunos flancos débiles a un espíritu purista. Si bien es cierto que la literatura de Sabato es espiritual, ésta es la razón por la que Gombrowicz reconocía su valor, no era ningún revolucionario en asuntos que tuvieran que ver con el idioma.

Después de algunas idas y vueltas yo lo convencí a Gombrowicz de que, salvo en algún detalle, la versión original no debía tocarse. Gombrowicz entonces le pidió al Pterodáctilo que mantuviera la traducción original que él había hecho con sus propias manos, asistido por un comité que se volvió legendario. Esta discrepancia de opiniones le produjo un cierto disgusto al Pterodáctilo que empezó a considerarme una persona poco confiable.

Sin embargo se salió con la suya, quería dejar su impronta en la reedición de “Ferdydurke” y, a pesar de mi oposición, le metió mano a la traducción legendaria que se había realizado en el café Rex aprovechándose de que Gombrowicz estaba lejos y no podía controlarlo.

Aunque el Pterodáctilo era su jefe de propaganda y una persona mucho más importante que yo condición que el tiempo, lamentablemente para mí, no ha podido modificar, Gombrowicz me tenía más confianza y esta preferencia se puso a prueba otra vez cuando el Pterodáctilo escribió el prólogo de “Ferdydurke”. Si bien Gombrowicz me escribe una y otra vez que el prólogo era una joya se pone de parte de la crítica que yo hice sobre ese texto como lo prueba muy bien una carta que me escribió el Príncipe Bastardo, el primer gombrowiczida que había aparecido en el mundo.

En este prólogo se ocupa más de sí mismo que de “Ferdydurke” porque el Pterodáctilo es muy ególatra, ¿qué es escritor no lo es?, pero en esta ocasión no elaboró artísticamente esa egolatría y el resultado no fue bueno.

Por aquel entonces el Príncipe Bastardo me informaba que Gombrowicz le hablaba de las cosas muy justas que yo había escrito sobre el prólogo pero, claro, Gombrowicz a mí no me lo podía decir.

“No vaya Goma complicar mis fraternales relaciones con este amigo que admiro […] Me encanta el prefacio de Arnesto aunque, diría, no me veo tan dionisíaco. No sea, Goma, pavo y no haga líos en estos momentos supremos. El prefacio me resulta una joya. Es atractivo […] No venga haciendo líos con Arnesto cuyo prefacio me resulta lleno de brillos y hechizos, además de ser muy talentoso como todo lo que escribe él. Va a ver, Goma, que terminará por sembrar entre nosotros desconfianza y recelo, ya verá, la gente lo repite todo, no sea pavo”.

En el año 1997 el Embajador de Polonia, es decir, el Camaleón llegó a considerarme una persona muy importante, le había puesto en la embajada a Miguel Najdorf, un encuentro que luego derivó en una cena en el Hereford de Puerto Madero y un almuerzo en la Embajada de Polonia en Palermo Chico. Estaba chochísimo conmigo y como se le había despertado el apetito quiso que le trajera también al Pterodáctilo. Es sabido que los embajadores viven especialmente de las apariencias, por esta razón el Camaleón decidió, una vez que el Pterodáctilo aceptó la invitación, tirar la casa por la ventana y organizar un almuerzo en la embajada con una gran cantidad de embajadores para homenajear a nuestro insigne hombre de letras muy admirado en Polonia.

Yo sabía que el Pterodáctilo había desarrollado con el tiempo una gran habilidad para excusarse, me contaba que se atrevía a cualquier cosa, desde las enfermedades hasta los yesos, que en una oportunidad, renovando las excusas con la misma persona, se había convertido en un hombre tronco. Me preparé para lo peor, dicho y hecho, dos días antes del almuerzo me avisó que estaba orinando sangre y que no sabía si podría ir. Finalmente, se apiadó de mí y a último momento me dijo que iba. Las reuniones en las embajadas no gozaban de la simpatía del Pterodáctilo como tampoco gozaban de la simpatía de Gombrowicz.

“También acudí una o dos veces a la embajada y saqué de estas visitas una lección para toda la vida: que hay que huir de las ostras de las recepciones en dichas embajadas, así como del tedio”.

Cuando llegó el Pterodáctilo a la Embajada de Polonia la gente se arremolinó, don Ernesto me pidió que le tuviera un momento un ejemplar de “Sobre héroes y tumbas” que le había dado el Embajador de Suecia para que lo firmara, que no quería aparecer en las fotos, como aparecía siempre, con libros y lapiceras. Esta posesión inocente me puso en peligro, el Embajador de Suecia que tenía el tamaño de un oso, me arrancó el libro de un zarpazo diciéndome a los gritos que ese libro era de él. Yo me senté a la mesa del Camaleón y de las esposas de los embajadores de Turquía y Costa Rica. Cuando le pregunté a las señoras qué libro de don Ernesto habían leído, me respondieron que ninguno, cuando le pregunté a qué habían venido entonces, me respondieron que a comer y a verlo a Sabato desde lejos en la Embajada de Polonia.

Esta arrogancia simpática de las señoras me dio ánimo para mudarme de mesa después de unas palabras confusas que el Camaleón pronunció a los postres. Me fui a la mesa del Pterodáctilo en la que también estaban Alicia Noworyta, la mujer del embajador de Polonia, y Peter Landelius, el embajador de Suecia.

El oso sueco era un gran conversador muy versado en asuntos hispanoamericanos, siendo él mismo escritor se refería con autoridad a los temas de la literatura. En el tiempo que traducía “Cien años de soledad” le dijo a García Márquez que su libro no le presentaba mayores dificultades. El autor latinoamericano se ofendió y le respondió en una larga nota que circuló por toda España en la que se refería a las múltiples complejidades y tramas de esa obra que el traductor ni siquiera sospechaba.

Después de pasearse con soltura por Cortázar y por otros escritores hispanohablantes muy señalados la conversación de Landelius recayó en el Pterodáctilo, y debajo de las mismísimas barbas de ese hombre de letras tan celebrado miró desde arriba la traducción de “Sobre héroes y tumbas”.

Dijo que algunos escritores se preocupan pensando en las dificultades que para los traductores suponen esos traslados lingüísticos, que conocía a varias de sus víctimas las que no siempre entendían en qué consiste el problema. Había recibido larguísimas cartas de Sabato explicándole cosas que no necesitan explicación, de otras que sí lo requerían no se daba cuenta. El escritor no necesariamente es la autoridad sobre estos problemas.

Al referirse al Asiriobabilónico Metafísico manifestó que le habían negado el Nobel no por razones políticas sino porque al jurado le interesaban tan sólo algunos de sus primeros poemas, pero el resto no le interesaba.

Cuando Alicia Noworyta empezó a hablar de un libro sobre comidas que estaba escribiendo y le pidió al Pterodáctilo que le hablara de alguna receta que supiera preparar, Don Arnesto le respondió con una sonrisa diplomática al tiempo que se preparaba para huir pidiéndome que lo acompañara con la mayor premura a su casa de Santos Lugares.

De todo esto resultó que al año siguiente, cuando llevé a la Vaca a la casa del Pterodáctilo, se vino con una carta de la señora del Camaleón debajo del brazo en la que le pedía a Don Arnesto que le hiciera algún comentario sobre los ingredientes y la preparación de alguna comida que supiera hacer, que estaba escribiendo un libro de gastronomía para gente VIP, una solicitud que provocó una gran algarabía en el Pterodáctilo y en mí, mientras la Vaca permanecía en silencio.

No creo que haya habido presentación más rimbombante de libros que la que le hicieron a “Cartas a un amigo argentino” en el Centro Cultural de España. Lo presentaron el Pterodáctilo, que además había escrito el prólogo, y el Buey Corneta en un ICI al que asistió tout Buenos Aires.

Resultó ser un acontecimiento tan importante que entusiasmó al Bucanero, tanto que me invitó a un encuentro en la Casa de América de España. Lamentablemente para mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto si también lo invitaba al Pterodáctilo.

Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Íñigo no pudo soportar y mi viaje a España se vino abajo en caída libre.

“¿La relación de Gombrowicz con la filosofía? Justamente, a él le interesaba muchísimo, y era un autodidacta. Dio aquí algunos cursos de filosofía para ganarse la vida y quizás también —como decía él— ‘como un método para aprender algo’. Me acuerdo que dialogábamos mucho sobre cómo debía desarrollarse una clase ante personas, bueno, en fin, lo que aquí llamamos ‘señoras gordas’. De esas señoras nos reíamos mucho con Witold aunque es cierto —no seamos injustos— que lo ayudaron mucho, lo llevaban a sus estancias donde él iba a hacer el show del falso conde polaco. Gombrowicz no era conde sino simplemente hijo de una familia aristocrática polaca, pero le encantaba inventar estas farsas sobre sus títulos. En general, tenía una especie de fascinación por los títulos nobiliarios. Un día recuerdo que me dijo: —Ernesto, mirá, a lo mejor me presentan una mujer y no me significa nada, pero si me la presentan diciendo: ‘la principesa tal’ me corre algo frío por la piel, qué vamos a hacer, así soy”.

El Pterodáctilo es un personaje que divide a los argentinos de una manera tajante: están los que lo admiran demasiado y están los que lo odian en exceso. Yo creo, sin embargo, que en el futuro no se podrá negar que fue, junto al Asiriobabilónico Metafísico, el más grande escritor argentino del siglo pasado.

“En Sabato hay como una fusión de antinomias. Está a la vez penetrado del saber filosófico y psicológico de nuestro tiempo y dotado de una gran frescura; accede a la universalidad mientras permanece siendo la imagen misma de su país; es complejo y accesible”.

El Pterodáctilo aparece en una foto con su perro Roque, un nombre que también es del dueño, pero como no quiere usarlo porque no le gusta se lo puso al perro. Y en otra foto aparece con el Asiriobabilónico Metafísico al que le resultaba curioso su caso, pues a pesar de haber escrito poco, ese poco era tan vulgar que abrumaba como si fuera una obra copiosa.

19.2.09

ALGUNOS APUNTES SOBRE “URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD” DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN


Por Erick Tejada Sánchez

Hace ya varias décadas, algún audaz poeta adosó una severa advertencia entre las métricas páginas de su obra mayor, padeciendo quizá, aún con optimismo, las agonías del mundo contemporáneo. Aquel —a todas luces— ignorado letrero decía tajantemente: “SE PROHÍBE ESTAR TRISTE”.

Ya entre nosotros, otro aviso, acaso de la misma especie, es el que preside desde la tapa esta colección de cuentos ensamblada por Orlando Mazeyra Guillén; uno que dice: “URGENTE: NECESITO UN RETAZO DE FELICIDAD”. Este llamado impaciente, podría ser tranquilamente, el coro de las multitudes de todos los tiempos, y así, podría ser también el hilo de continuidad de las historias escogidas para esta compilación.

Estas lecturas, que discurren entre lo cotidiano y lo recurrente (la soledad, el cuerpo, el amor, la locura, la muerte, la violencia, lo absurdo, la “primera vez”…), acusan casi siempre un ritmo sereno, tensionado sólo a veces por el contrapunto de una prosa exacta y una trama obscena.

Los profusos discursos introspectivos de personajes y narradores, recrean esa facultad que, según han dicho los sociólogos optimistas, distingue a la modernidad tardía: la reflexividad, esto es, la capacidad de los individuos de posicionarse crítica y reflexivamente frente a las instituciones, frente a las totalidades heredadas de la modernidad. Para los menos complacientes, a los que personalmente me suscribo, se trata simplemente del reino postmoderno de la incertidumbre.

Con todo, en estas historias se ensayan caminos hacia la felicidad que, como ha dicho Alfredo Bryce, “no es más que la condición natural ‘óptima’ de nuestro ser terrenal”. O bien, en su defecto, se testimonia su ausencia. Así, por ejemplo, una puta que se llamará Infancia puede ser un buen pretexto para intentar ser feliz cuando no se es más un infante; mientras que un ojo izquierdo trastornado y vidente, evoca sin filtros, visiones tan íntimas y tan ajenas, que resultan graciosamente tormentosas.

Las ficciones de Orlando Mazeyra Guillén, como él mismo sugiere con el epígrafe que toma de Ernesto Sábato, brotan de un mundo defectuoso e imperfecto. La postmodernidad es, pues, un tiempo definido no por lo que es, sino por lo que ha dejado de ser, y donde, como ya se ha dicho, lo único que se da por descontado, —es decir, las únicas certezas—, son la inseguridad y la incertidumbre.

Así, uno puede encontrarse con una hija con sobrepeso para los cánones estéticos dominantes del occidente, a la que Mazeyra hace balbucear entre sus malestares anímicos el discurso postmoderno del cuerpo como el último reducto de la libertad y de la agencia humana. Nótese la paradoja, subrayada por Zygmunt Bauman, donde la libertad supuestamente conquistada por la humanidad en nuestros días, sólo puede redundar en la angustiante sensación de impotencia para modificar nuestro entorno. Así, la preocupación obsesiva por la gordura, y a fin de cuentas el cuerpo, es, como ha explicado este gran pensador contemporáneo, uno de los últimos recursos de la autonomía individual sobre una de esas parcelas del sufrimiento producidas por la condición postmoderna, a través de la cual se canaliza el terror por la desprotección y la disolución del sentido de comunidad y de lo público. Se trata pues, de la privatización también de los miedos, lo que hace imposible enfrentarlos colectivamente.

De manera tal, que en medio de esta orfandad, y tal como indica Bryce, el amor se convierte en el último refugio del sentimiento de pertenencia de hombres y mujeres; de ahí la extraordinaria importancia que, hoy por hoy, la pasión amorosa reviste. Mazeyra también así lo ha fabulado, y por eso uno de sus personajes “sufre en silencio; canta sintiendo que, por culpa de ella, la soledad está adherida a todo su ser”. Y, cuando en el penúltimo párrafo del cuento, el personaje se deshace irreversiblemente de los mensajes de la mujer que lo desdeña, por lo que llega a sentirse “victorioso, pero también desolado”, Mazeyra ilustra con sutileza esa trágica secuencia, en donde la aflicción de saberse aislado y de correr a solas con las alegrías y las penas, es el correlato inevitable del éxito individualista, de la individualidad privatizada.

En “Ella siempre está”, el cuarto relato de la colección —si es que uno lee el libro como “rollo chino”, “del principio al final, como niño bueno—, Mazeyra nos sujeta a la lectura con un lenguaje amable, elegante y profundo a la vez. La ceguera temida y aborrecida de una abuela al inicio, deja de serlo cuando quien narra descubre la omnipotencia creativa de sólo cerrar los ojos. La sosegada y pacífica belleza de estos párrafos demanda ser contemplada con el propio sentido, por lo que me limitaré a decir que en el diálogo postrero entre la fallecida y el narrador, en el altísimo suceso del “instante eterno” en que ellos saborearon “la Verdad como nadie nunca antes lo había hecho”, estalla, en opinión de este prescindible comentarista, el momento culminante del primer libro que Mazeyra nos entrega. Lo anacrónico del pasaje —recuérdese que la verdad y lo verdadero son rasgos de un tiempo fenecido— le aporta, inmejorablemente, solemnidad a este estadio cumbre de la prosa de Mazeyra.

“Todo comenzó en la Universidad” es el cuento más extenso de la antología, y es también la pieza que más de sociología incorpora en el discurso literario. En esta narración cadenciosa y proporcionada, escrita con el lenguaje preciso para neutralizar quizá la perversidad de sus tópicos, es posible toparse con la peruanidad que nunca fue más que añicos, retazos inconexos de un proyecto fallido. La obscenidad del racismo es contada con la naturalidad con la que aquí es vivida, y a continuación enerva y apasiona al lector. Mazeyra logra su explícito propósito de llevarnos hasta el final de la historia, dejando en el camino bellezas de catálogos, hijitos de papá, bravatas oligárquicas y regionalismos insulsos en clave de humor negro; el poema “La ciudad de los extremos” es un divertido manifiesto postbelaundista del arequipeñismo menguante. Y para el veloz remate, se precipitan una Barbie cornuda, un negro degollado, un arequipeño sodomita, un inmigrante horrorizado y un antihéroe que al final se queda con la mujer.

Orlando Mazeyra Guillén ha dado cuenta en este libro de una vocación suya irrenunciable, cuya determinación puede percibirse con nitidez en la quinta lectura que aquí nos alcanza: “Escribes”, que es, de pronto, un involuntario manifiesto de su propio temperamento. El autor ha creado, ha vivido y ha hecho vivir con categoría esas “vidas alternas” que atribuye a uno de sus personajes, esas realidades paralelas que desde la literatura, el cine o la música es posible inventar para el consuelo del mundo y el alivio de los mortales. La irrupción creadora de Mazeyra ha dejado ya secuelas memorables, y le toca ahora imponerse a la fugacidad de una época que se empeña en hacer perecible y comercial a la virtud. De la resolución de esta historia estaremos al pendiente.

*Publicado en la revista virtual Letras s5. Puedes leer un cuento de OMG aquí.

18.2.09

JORGE EDUARDO BENAVIDES RESPONDE ANTE LAS CRÍTICAS SUSCITADAS SOBRE SU RECIENTE GALARDÓN


Apenas se dieron a conocer los resultados de la última edición del Concurso Nacional de Novela Corta organizado por el Banco Central de Reserva del Perú, han surgido ciertos malestares por parte de algunos “escritores” que han ido comentando en diferentes Blogs con respecto a esta noticia. Por ejemplo en este Blog, el señor Carlos Herrera (no sé si es homónimo del también escritor arequipeño Carlos Herrera) dejó el siguiente comentario (el mismo que resumo):

«Señor J. E. Benavides: No entiendo como un escritor “consagrado” como usted, […] manda una novela a concursar en un premio MENOR […] que tiene como objetivo buscar NUEVOS talentos. […] Usted debería participar […] en premios como el ALFAGURA, PLANETA, PLANETA-CASAMERICA, y tantos otros, pero no COPAR concursos menores y que repito tienen como objetivo BUSCAR NUEVAS VOCES Y NUEVOS TALENTOS […]. Me parece que no supo usted “ubicarse” en su liga […]. Si Alonso Cueto, o Iván Thays, o usted, o Vargas Llosa se meten a un concursito menor, no hay mérito si lo ganan, me parece poco ética su participación […] sabiendo que en el jurado hay gente amiga, como ALONSO CUETO, que definitivamente han RECONOCIDO su estilo, y que aún así lo han hecho ganar, (repito aquí no tiene nada que ver si su novela fue la mejor) sabiendo que usted era un PROFESIONAL».

Sin embargo, Javier Ágreda, inaugurando su nuevo Blog en la Web de La República —diario donde publica sus reseñas—, ha tenido el acierto de hecerle algunas preguntas a Jorge Eduardo Benavides quien ha respondido con cierto malestar —comprensible—, dado que nadie se espera reacciones de este tipo, salvo que haya otro tipo de interés. Esta es la respuesta del escritor:

«[…] como sabrás, vivo fuera del Perú desde hace casi 20 años y aunque trato de mantener mis vínculos y mi conocimiento sobre la actualidad del país, todo ello termina desbordándome; de manera que el premio BCR era para mí bastante desconocido. Vi las bases en una página Web española (escritores.org) y envié la novela. Ahora bien, he leído con lupa las bases y no dice nada respecto al descubrimiento de “jóvenes valores” o “nuevos valores”. O algo así, en fin, algún aspecto que me hiciera declinar de participar. […] De manera que mi falta de tacto para presentarme a este premio estriba en el desconocimiento de la sensibilidad del mundillo literario limeño y de las categorías abstractas que compartimentan el habitat de premios y concursos. Lo siento de veras […], no se me ocurre cómo demonios pueda yo saber quiénes son los miembros del jurado […], conozco personalmente a Marcel Velázquez, un lúcido profesor y crítico de inobjetable prestigio, quien fue invitado por la organización del congreso de narradores peruanos del 2005, organización de la que fui parte integrante… y a Cisneros me lo presentó personalmente Fernando Iwasaki en una feria de Lima […]. De manera que, imagínate… […] en un medio tan pequeño parece lógico que siempre conozcas a alguien del jurado, pero —a menos que se dude de la calidad moral de la persona— ese conocimiento es a posteriori, como ocurrió en mi caso. Y contra quienes dudan de la calidad moral de una persona como Alonso Cueto no puedo ni tengo ganas de imaginar qué respuesta se merecen».

CONGRESO INTERNACIONAL “ESCRIBIR DE SÍ MISMO. HISTORIA Y AUTODOCUMENTOS EN LOS ANDES”


26 Y 27 DE FEBRERO DE 2009 - Instituto Raúl Porras Barrenechea

Los días jueves 26 y viernes 27 de febrero se desarrollará el Congreso Internacional Escribir de sí mismo. Historia y autodocumentos en los Andes en el Instituto Raúl Porras Barrenechea (Colina 398, Miraflores). El evento será auspiciado por el IFEA, la Universidad de Hamburgo y la UNMSM, y tendrá como coordinadores a Marcel Velázquez Castro, Cristóbal Aljovín de Losada y Ulrich Mücke.

La finalidad del coloquio será esclarecer la función del autodocumento y analizar los mundos representados en éstos, contando para ello con destacados intelectuales peruanos y extranjeros como los historiadores Javier Flores Espinoza, María Emma Mannarelli, Oswaldo Holguín, José de la Puente Brunke y Christa Wetzel, así como los literatos Carlos García Bedoya, Cecilia Esparza y Sebastián Chávez Wurm.

En el campo literario, el término ‘autodocumento’ abarca en general a todos los documentos narrativos que contengan una dosis autobiográfica, dificultando así su noción de la realidad y volviéndose, por ello mismo, más interesantes. ¿Cómo se describe a sí mismo? ¿Qué idea tiene de sí mismo? Mientras que para la historiografía, prevalece la construcción o la visión de sí mismo. Aunque se ha estudiado un buen número de autodocumentos latinoamericanos, las investigaciones son mínimas en relación con los estudios europeos, así como en el número de autodocumentos escritos en los últimos 500 años.


PROGRAMA:

Jueves 26 de febrero

• 9:15 a.m. - 9:30 a.m.: Cristóbal Aljovín de Losada. Presentación del congreso.
• 9:30 a.m. - 10:20 a.m.: Cecilia Esparza. Conferencia inaugural.

Primer bloque: 10:30 a.m. - 1:00 p.m.:

• Carlos García-Bedoya (Universidad Nacional Mayor de San Marcos): “La construcción del sujeto en las crónicas de Guaman Poma y Titu Cusi Yupanqui”.
• Marcel Velázquez (Universidad Nacional Mayor de San Marcos): “Las memorias del cautiverio de Juan Bautista Túpac Amaru (1824)”.
• Javier Flores Espinoza (Universidad del Pacífico): “Don Justo Apu Sahuaraura y sus recuerdos de la monarquía peruana”.

Segundo bloque: 3:00 p.m. - 5:30 p.m.:

• Oswaldo Holguín (Pontificia Universidad Católica del Perú): “Ricardo Palma, los románticos peruanos y la memoria de sí mismos”.
• José de la Puente Brunke (Pontificia Universidad Católica del Perú): “Testimonio íntimo: Epistolario de Manuel Candamo, 1873-1904”.
• Harold Gabriel Velazco Marmolejo (Universidad Nacional Mayor de San Marcos): “Manuel Candamo y su imagen como Padre de Familia”.

Viernes 27 de febrero

Primer bloque: 10:30 a.m. - 1:00 p.m.:

• Ulrich Mücke (Universidad de Hamburgo): “Autodocumentos y espacio público en el Perú decimonónico”.
• Christa Wetzel (Universidad de Hamburgo): “Como redactor de un diario. La escritura autobiográfica de Heinrich Witt”.
• María Emma Mannarelli (Universidad Nacional Mayor de San Marcos): “La construcción femenina del yo a principios del siglo XX”.

Segundo bloque: 3:00 p.m. - 5:30 p.m.:

• Nanda Leonardini (Universidad Nacional Mayor de San Marcos): “Antonia Moreno: Testimonios de una resistencia bélica”.
• Ricardo Portocarrero Grados (Universidad de Lima): “Juan Croniqueur y el modernismo limeño: Una autobiografía no autorizada de José Carlos Mariátegui”.
• Sebastián Chávez Wurm (Universidad de Hamburgo): “Narrativa senderista: Los relatos autobiográficos de miembros de Sendero Luminoso”.

Organizan: Instituto Francés de Estudios Andinos, Universidad de Hamburgo y Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Coordinadores: Marcel Velázquez Castro y Ulrich Mücke.

Más información en: Instituto Raúl Porras Barrenechea
Calle Colina 398, Miraflores. Central Telefónica: 619-7000
Anexo: 6102. Telefax: 445-6885 E-mail:
institutoraulporrasb@unmsm.edu.pe
También puede llamar a: Marcel Velázquez Castro (Cel. 993489375)

17.2.09

LA POÉTICA DEL CABALLO (CONTRA EL ÚLTIMO CHANOVE)


Por Juan Wilfredo Yufra

APUNTES PERSONALES

Pocos libros llegan a mi memoria —mientras escribo esto— que hayan originado una intensidad tan estimulante como haber leído El héroe y su relación con la heroína (1983), título sugestivo, dialógico. Toda esa mirada lírica expuesta a través del recurso de lo poético y de lo poetizable. Ese gesto manifiesto de dividir un poemario en Inicio-Nudo-Desenlace para justificar sin rodeos el carácter coloquial, ‘narrativo’ de la obra; Estudio de la acción y la pasión (1987), —sigo pensando que es su mejor libro— una exquisitez. No puedo agregar más. Dañaría las acciones poéticas que motivaron ese arrebato. Jinete Pálido (1994), para mí significó los signos de puntuación, palabras sueltas, el subrayado de El héroe… eso que olvidó el poeta de agregar y lo hace por fin sin distracción y sin apuros. Canción de amor de un capitán de caballería para una prostituta pelirroja (2002), lo leí cuando ya no creía en el amor, así que me agradó la idea, la disposición decimonónica incluso de los poemas le daba un valor agregado, una velocidad precisa a los versos. Salvo el poema Amor eterno que contrastaba la elocuencia de la voz que subyace en los demás textos del libro. Luego vinieron años, otros libros, otros poetas...

Entonces, las palabras

Para Gilles Deleuze «escribir no es ciertamente imponer una forma (de expresión) a una materia vivida. La literatura está más bien del lado de lo informe, de lo inacabado»; es por ello que se vuelve al principio, al mismo poema de siempre para reconstruir el origen de la poesía o de nuestro decir las cosas… No por gusto Sábato decía que «todo se construye sobre lo anterior y en nada humano es posible encontrar la pureza». Entonces, se recurre a otras estrategias y a veces —en ese ir y venir— el poeta se acaba.
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LAS PALABRAS NO PUEDEN EXPRESAR LO QUE YO EXPERIMENTÉ ENTONCES

Cuando Alberto Hidalgo en 1967 (el año de su muerte en Argentina) reunió lo mejor —desde su punto de vista— de la mayoría de sus libros de poesía hizo algo que lo enaltece más como el «poeta del idioma» (así lo llamó Mariátegui en sus Siete ensayos…). Hidalgo separó sus poemas por ideas, le dio cierta ética, le dio otra alma a sus versos antiguos, y allí aparecieron sus Poemas con Esencia, Poemas con Patria, Poemas con Pueblo, Poemas con Amor, Poemas con Muerte y Poemas con Migo. Hidalgo pues era Hidalgo. Otros poetas parece que siempre serán otros poetas.

SÉ LO QUE SABES / HISTORIETA

Lo sabía. Algo en mi desmoronado estado de lucidez me decía que el último libro de O. Chanove no tenía por qué llegar a mis manos. Era una recopilación de sus libros y algunos poemas nuevos, me habían indicado. Nada del otro mundo.

Hasta que un día, un “mal amigo” —de cuyo nombre no quiero acordarme— me trajo en fotocopia uno de los 400 ejemplares numerados. Que se sepa. Es el cruel ejemplar Nro. 128. Lo tuve varios días. Miraba la ruma de hojas y por mi cabeza cruzaba con remos la idea: para qué leer algo que ya conozco, pues emulando a Lacan vociferaba “Yo soy el que ha leído a Chanove”. Pero en una tarde —también cruel— decidí —¡Oh Iluso!—, escudriñar, recorrer aquellas hojas.

Decía: «Oswaldo Chanove espacio puntos suspensivos imitando a un horizonte justificado entre espacios (en mayúscula) LAS PALABRAS en un porte de letra menor NO PUEDEN EXPRESAR LO QUE YO EXPERIMENTÉ volviendo a la letra mayúscula inicial ENTONCES espacio puntos suspensivos (el mismo horizonte de arriba) espacio Poesía 1983 - 2008».

Pienso: un poema de El héroe… estaba dándole título a esta hoja. La suelto con desdén y avanzo. Luego encuentro esto: “Los poemas se han extraído alterando gravemente el contexto original”… “La idea que moviliza esta colección es indagar por alguna subterránea coherencia qué (la tilde es mía) pueda (sic) haber animado estos textos redactados a lo largo de veinticinco años”. Más abajo entre paréntesis (“porque, ya se sabe, uno siempre escribe un único libro”).

Lo leo. Página tras página. Encuentro un Canto y otro. Retrocedo. El primer poema no lo recuerdo. Voy al índice. ¡Ah! es uno de los nuevos. Prosigo. Comprendo la alteración. No hago caso a mis gestos de hastío… Bostezo… Continúo ingenuamente y así recorro el libro fotocopiado, sin empastar… —es mejor, digo—… pasan cosas… hago apuntes, subrayo errores del poeta, trazo signos de interrogación que significan en el fondo indignación, resalto versos infames que en esta obra se han inmolado en nombre de lo que no está.

Lo termino. No hay problema me repito, es sólo un libro. Pienso, luego existo. ¿Cómo es posible? ¿Qué forma de destruir algo ya escrito, ya cerca, a unas cuadras de la poesía? Acuérdate de Hidalgo: “La poesía es sólo el camino a la poesía” (o algo parecido…) pero ya no importa… estoy exacerbado. Hay un poema: Estudio de la acción y la pasión (en el original de 1987 está en la p. 11). En Las palabras… se encuentra en la p. 59… deshonrado… decapitado. 400 veces destruido; y sólo quiero dar ese solo ejemplo.

De la última sección que plantea el índice del libro hay un poema desubicado titulado HOMENAJE A EMILIO ADOLFO WESTPHALEN; cito un fragmento: «Y los diarios endulzaron frases / Sobre el raro corazón de los poetas / Sobre alguien que viene lento desde el olvido / Y sobre cuan lenta se detiene el alma / Toda esa mierda».

El Chanove de los versos anteriores es el que recuerdo: impetuoso, mordaz. Un poeta de primera. Pero un poema no lo salva de este mal gusto por ordenar sus textos. Hay una salida para esto, varias en realidad. He agarrado la copias de ese infame libro numerado —espero jamás toparme con el original—, y lo he lanzado a la basura. No me sirve. Tendré que hacer como Pierre Menard y olvidar esta experiencia, intentar reconstruir la imagen del poeta anterior; lamento haber sido cómplice del absurdo, necesito exorcizar las patrañas del creador. Volver a mis originales y detenerme en esos Dibujos Animados.

PIE DE PÁGINA

Dentro del contexto de la posmodernidad los discursos poéticos trazan otras perspectivas líricas, recurren a varias estrategias comunicativas y optan por desestructurar esquemas y navegar y naufragar en las posibilidades que te ofrece un mismo discurso. Un poeta puede hacer con sus poemas lo que le dé la gana, es cierto. Y también —se sabe— se le perdona todo.

*Tomado del Blog La boca del sapo de Juan Yufra.

16.2.09

GUITARRAS: UN CUENTO DE LENIN VELARDE PAREDES


GUITARRAS


Dieciséis años tardó en componer Jacinto Málaga la única canción que pudo componer en su guitarra. Era un joven flaco y de una estatura notable, comía como un oso, sino como un chancho, aunque más tarde, cuando ya hecho un hombre de escuela, adquirió modales propios de la ciudad. Sus padres estaban convencidos de haberse gastado toda una vida en su educación y no era para menos, ellos querían que su hijo fuese un “profesional” porque profesional, digo, profesional acartonado, estaba de moda ser. Jacinto que no conocía más de sí mismo que su mal nombre porque ya no lidiaba con lo contemporáneo se enamoró muy joven de una compañera de clase que le superaba en un par de años y que no rehusó su amor frente a la declaración cantada (puesto que no le salía la canción en guitarra) del adolescente Jacinto.

Cuando los primos querían abreviar el nombre no tomaron en cuenta que el asunto resultaba poco fácil, alguien se atrevió a decirle “Cinto” y otro añadió “Precinto”, entonces a Jacinto se le ocurrió sentirse como un retazo de carne embalado para un destino que nadie ni el mismísimo Dios conocía, así que él mismo de tanto joder de la familia se denominó “Cacho” y con Cacho lo conocieron todos los cercanos hasta cuando a los cuarenta años decidió acabar con su vida porque mientras más intentaba componer la segunda canción, más se parecía ésta a la primera.

Cacho no tenía familia de músicos, ni amigos músicos, ni profesores músicos; y a decir verdad, cuando la radio llegó a su casa, demoró poco en malograrse porque Cacho no pudo resistir a sus pasiones de abrir todo lo que encontraba en sus manos. Pero el padre de Cacho, un hombre mucho más grande que él y con una fuerza descomunal siempre se había bañado de huaynitos y yaravíes con la distinta gente que había conocido en su trabajo de operador de maquinaria pesada, que bien pesada le caía hasta que la noche no caía y el viejo Gerónimo Aspilcueta sacaba del cajón un acordeón de no se sabe cuándo y empezaba a cantar y todos empezaban a cantar, menos el padre de Cacho quien era tímido hasta para el miedo y prefería quedarse callado. Lo que nadie sabía era que ejercitaba sus manos y estiraba sus dedos tratando de recordar los movimientos que Gerónimo hacía. Gerónimo era el “tío” del padre de Cacho pero ni el mismo Cacho lo conocía, su madre sí, decía que un día Gerónimo se iba a morir y nadie se daría cuenta de su muerte porque todos los acordeonistas parecían muertos mientras tocaban, el padre de Cacho se quedaba callado entonces y ponía la peor cara de preocupado porque Gerónimo siempre le había conseguido trabajo y ellos se habían gastado toda la vida en darle educación a Cacho, sin embargo esto no era ningún reclamo, sencillamente las cuentas a veces no cuadraban y tras la obligación de que la aritmética es exacta, pues la educación de Cacho parchaba toda falta.

Un día el padre de Cacho casi fue descubierto cuando en la oscuridad de la noche ensayaba sus manos en el instrumento que solo su imaginación poseía, Cacho abrió la puerta, lo observó y el padre haciendo el ademán de espantar los mosquitos de la noche, le preguntó si no tenía interés en tocar algo. Cacho pensó primero en los pechos de la chica que le había dicho que sí sin rehusar su canción a capella pero prontamente tomó conciencia que su padre le hablaba de música, el dijo que “Sí” y sin más el sábado salieron en pro de una guitarra que le dijo el padre a la madre de Cacho ante la pregunta de ¿adónde van? “A cumplir una promesa”.

Pero Cacho para ese tiempo no estaba muy entendido de música, podría estar seguro de lo que no le gustaba, pero no de lo que le gustaba. Al fin llegó la radio reparada, pero llegó con una amenaza contra Cacho de tocarla, tan solo para encenderla, no saldría más de la casa, sino hasta el momento de la boda y como a nadie le gusta ser presidiario en su propia casa ni en ningún otro lado, Cacho cumplió fielmente con el encargo. Cacho estaba ya en romances con la “Titán” de Mahler y con algunas canciones de Ella Fitzgerald pero no estaba seguro de que eso le fuera a gustar completamente o que eso le gustaría siempre; eso sí, estaba seguro que todo el resto le iba gustar mucho menos y perecería desde el primer momento.

Cuando ambos llegaron con la guitarra en manos, vieron el rostro de Cacho y pensaron que no pasarían muchos días para que la destruyera. Pues se equivocaron, todos se equivocaron. Cacho se volvió más disciplinado acababa con sus deberes temprano, miraba un poco de televisión que traía la misma amenaza de la radio y se devolvía a su cuarto para entregarse al ensayo con su guitarra. A veces hasta le daba una mano a la madre en los quehaceres de la casa y más de una vez aró la huerta, echó la semilla y cosechó el maíz para los patos sin chistar sólo para tener ese par de horas sobre las nueve de la noche en que podía practicar a sus anchas.

Sin embargo Cacho no se daba cuenta de lo que todos cuenta se daban, que era más desorejado que perro doberman y que en vez de deleitar al hogar con melodías dulces y serenas hacía ruidos insoportables, tales que un día su propia hermana arremetió en su cuarto gritándole “¡Ya, cállate!”. A Cacho no le quedó de otra sino que tocar muy bajito, pero para eso ya se había apertrechado de un millón de cancioneros y métodos de “guitarra fácil”. Pudo pasarse el resto de la vida así, pero como era sumamente ansioso y apurado quería tener su propia canción y comenzó a explorar en los trastes logrando cortos momentos de exquisita melodía, pero no estaba satisfecho, para nada satisfecho, quería más y ya le habían pasado un cassette de Satchmo al cual le daba vueltas mil veces, pues su familia ya se había dado cuenta que con la guitarra Cacho se había vuelto inocuo para las otras cosas.

A pesar de que Cacho se había aprendido todas las indicaciones de los manuales, le era imposible reconocer una mi en el aire, por lo que si su amigo Abel Miranda no le afinaba la guitarra cada quince días, él se echaba a tan angelical labor con poco o ningún éxito. Alguna vez apareció en casa un tío que no era su tío, quien le había preguntado por la guitarra que descansaba en la sala, Cacho, muy modesto, le dijo que intentaba aprender a tocarla, el tío pidió una demostración ordenándole pare cuando apenas había rasgado unos minutos pues sencillamente era insoportable tal ruido de graves sueltas y agudas demasiado ajustadas. Cuando el tío afino el instrumento y dio clases magistrales del arte de la música, el muchacho estaba ofuscado y no sabía qué hacer, agradeció entonces las clases, las notas, los ejercicios, pero no tocó cuando se lo pidieron. Ciertamente después de la visita del tío, Cacho dejó de tocar por muchos días absorbiéndose en la lectura de libros de caballerías buscando alguna locura que le prestara lucidez para la magia de los sonidos.

A escondidas su padre hacía unos cuantos ejercicios sin mayor éxito, los años de palanca y timón le habían endurecido la muñeca y simplemente se cansaba detrás del primer rasqueteo.

Cacho volvió a la guitarra cuando ya en la Universidad, que les había costado toda la vida a los padres, se enamoró de una muchacha quien no le dio bola como la otra chica que no rehusó a su declaración cantada. La muchacha se llamaba Rocío Bedoya y se volvió fea en menos de un año, justo cuando todo el mundo la veía más hermosa y ella misma hacía planes de presentarse al concurso de belleza del Distrito. Un buen día Rocío se miró al espejo, comparó su abdomen abultado contra el inexistente de una modelo en una revista, ensayó todas las pomadas y lociones para tapar un grano que le había salido en el pómulo izquierdo del tamaño de un volcán, se puso las pestañas postizas, se acomodó el cabello y se dio cuenta de que “sí, verdaderamente era fea”, entonces decidió darle el sí a Cacho pues le había contado que tocaba guitarra y había demostrado ser el mejor alumno en algebra lineal. Cacho más enamorado, en ese entonces, del blues que de la horrorosa Rocío, no supo eludirla y empezó a enamorarse nuevamente creyendo que juntos podrían estudiar prontamente la carrera y se graduarían, el dinero y el éxito la vencerían y él estaría solo nuevamente: él, su plata y su guitarra. Así fue, pero no tanto así, pasaron dos años de carrera universitaria, en la cual los padres habían hecho todo el gasto de su vida, Rocío se volvía más fea, había comenzado a ponerse pantalones apretadísimos y escotes cada vez mayores, se había teñido el cabello de púrpura y utilizaba lentes de contacto con bordes grises, Cacho seguía ensimismado y apenas la besaba, cuando ella dio la gran idea: “hagamos juntos la tesis y después nos casamos”. Cacho no fue a la Universidad una semana aludiendo un resfriado infernal y no supo qué hacer mucho menos qué decir, le contó a su madre el asunto con mayor fuerza de voluntad que con ganas de escuchar una respuesta, la madre le pidió que sea sincero con Rocío cuando finalmente un día antes del último examen, Cacho estrenó en su dormitorio a las tres de la madrugada, su única melodía que según él tenía un tono amargo de blues pero los entendidos comentaban que era el yaraví más triste de los últimos tiempos.

Cuando tocaron la melodía de Cacho, el día de su entierro, su padre afirmó que el yaraví como el huayno estaba en la sangre de todos los arequipeños y que no era otra cosa, ¡carajo!, pero ese carajo fue mas doliente que emotivo y Cacho yacía en ese momento en la tumba, escuchando quizás otra melodía que no era la única que pudo componer dieciséis años después de comprada la guitarra que su padre quiso tocar siempre.

Se había puesto a practicar demasiado, esta semana de ausencia logró unir todos los acordes que tenía apuntados en papelitos que escondía sigilosamente en una caja de zapatos, de aquellos zapatos nuevos que su madre le había comprado para que vaya a la Universidad en la que gastaron todos los ahorros de una vida. Cacho se había vuelto muy metódico y anotaba cada acorde que salía de sus ensayos, iba burilando las notas una a una y finalmente rompía y volvía a comenzar. Así nació la canción, un buen día se la interpretó a los amigos de los patios de literatura y ellos estuvieron gozosos de oírla por segunda vez, cuando un grupo de chicas se reunió en torno a él y Cacho se sintió tan famoso que consideró fácilmente podía componer una segunda canción. Pero la felicidad nunca llega completa e instantáneamente le pidieron una segunda canción porque no hay primera sin segunda y como esta segunda había sido igual que la primera entonces no habría tercera sin segunda, en este caso no había tercera sin primera y allá por allá las ordenes de las canciones porque Cacho no supo obedecer la orden de su gran público y temeroso como su padre se armó de la guitarra y se largó sin dar cuenta a nadie.

Roció Bedoya, fea pero nada burra, entendió claramente que el asunto del matrimonio no tenía nada que ver con Cacho así que ella misma decidió deslizarse por la puerta trasera cuando él apareció para pedirle disculpas y explicar la situación. Sin embargo no había descuidado el hecho de que Cacho había sido el mejor en álgebra lineal y sostuvo su oferta de hacer la tesis juntos y así lo hicieron. Un año después de que Cacho estrenara su canción y Rocío Bedoya desistiera de su propia boda, sustentaron una tesis que ganó felicitaciones públicas y una indignante borrachera en la que Cacho no supo dar razones a su madre de los vómitos de toda la noche y el silencio en su dormitorio hasta pasado el mediodía del día siguiente. A pesar de todo la felicidad era grande y un hijo profesional, digo profesional acartonado no era para menos, ya que les había costado la vida completa.

Cacho entonces dejó de llamarse Cacho y aceptó su nombre de Jacinto, porque al fin y al cabo le daba más personalidad y la juventud estaba en su piel, en sus ideas y no en el nombre ni tampoco en las canciones de Ella Fitzgerald que nadie conocía sino solamente él y nadie más. Por las tardes, después del trabajo, huía de los compañeros para internarse en su cuarto e intentar la segunda canción, esta primera había ganado mucha fama entre los padres y los abuelos y eventualmente las aulas de literatura y no faltaban las invitaciones para tocar la única canción que había compuesto y que sabía tocar. Al cabo de un par de años decidió comparar los viejos papeles contra los nuevos y se topó con que los acordes eran los mismos, absolutamente iguales y otra vez le había traicionado el oído pues se había plagiado a si mismo sin más ni más. Cayó frustrado contra su cama y no supo qué hacer, tomó una siesta de quince minutos y apareció bajo el dintel de la puerta de la cocina ofreciéndose a su madre para lo que sea, decidió que no tocaría ni intentaría componer nunca más.

No pudo hacerlo. Una semana después, los callos de sus dedos le reclamaban a fuerza de tirones y calambres aquel viejo retazo de madera y no solo ellos sino el rostro de su padre también. Volvió a su cuarto, desenfundó la guitarra, sacó lápiz y papel y comenzó a escribir sin mucho éxito. Entonces imaginaba música por todos lados, cuando iba caminando, cuando viajaba en el bus, cuando encendía la computadora, cuando miraba a los trabajadores, cuando observaba el mundo, música por todas partes, pero cómo escribirla, cómo componerla en su guitarra. Las canas empezaban a poblar sus sienes, su piel se arrugaba, su carácter se había vuelto más irascible, pero su voz no cambiaba y, por ende, sus pensamientos tampoco, así que le daba vuelta al papel y seguía intentando.

El 17 de febrero de 1999, Jacinto llegó a casa con el sonido exacto, lo tenía en los dedos, lo percibía en el aire, ya lo tocaba en la mente. Al llegar se topó con su tarima en la calle, estaba vieja y carcomida por las polillas recién tomó cuenta de cuántas veces la había clavado por el centro y no sabía si sentir pena o vergüenza de hallarla en la calle en semejantes condiciones, se sentó al pie, dejó caer la quijada contra las manos y los codos contra las rodillas y pensó, pensó durante unos cuantos minutos, penetró en la casa, saludó a todos y fue directamente al baño, se miró en el espejo y pudo percibir sus canas, sus arrugas, sus ojos decaídos y cuando se dijo a sí mismo “estás viejo” escuchó la misma voz que cuando era adolescente, así que a partir de ese día decidió entonarla, cambiar de ropa y caminar más despacio. No le duró mucho, días después vio a su padre, sin trabajo con el cuerpo agolpado contra el mueble, frente a la televisión, con una pensión ingrata y un hijo cuya educación le había costado toda la vida. Lo vio y en el vio todo su futuro, echó rápidamente cuentas y tomó fielmente la sopa que su madre había preparado. Tenía cuarenta años y haciendo una liana con seis sextas, se colgó muy temprano de madrugada en el árbol del centro del patio, donde su madre lo encontró con la misma mirada tierna puesta en el infinito como cuando de niño se perdía en sus elucubraciones. La madre lloró amargamente pero en silencio y el padre estaba ya muerto aunque vivía.

Jacinto Málaga tenía la de sentarse en los parques a mirar las palomas, tenía las de ensimismarse con un buen libro, tenía las de ser silencioso y callado como su padre, pero pocas veces con miedo, con muy poco miedo, tenía las de mirar a las chicas lindas y a las feas también, tenía las de ser atento con las señoras, tenía las de devolver los vueltos mal calculados y tenía las de desgastar los cuellos y puños tan pronto como las camisas llegaban a su cuerpo. Su madre le preguntó hasta cuándo tendría que voltearle los cuellos y los puños de las camisas y el respondió con la mirada puesta en el infinito, creo que hasta cuando cumpla los cuarenta, madre.

* Lenin Velarde Paredes nació en Arequipa en 1978. Es egresado de la Escuela Preofecional de Ingeniería Civil de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa y actualmente estudia la Maestría en Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha escrito y publicado algunos cuentos así como los libros de poesía Carol (Arequipa, Ediciones del 9no Granizo, 2003) y Hocrelugural (Arequipa, Ediciones del 9no Granizo & Wawasara Editores, 2006) en tiras muy cortas, debido a su inconformidad con sus propios escritos.
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