23.3.10

WITOLD GOMBROWICZ, ADOLFO DE OBIETA Y EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA


Por Juan Carlos Gómez

Cuando a fines de 1945 Gombrowicz anuncia en el café Rex que va a regresar a la literatura con la traducción de “Ferdydurke”, sus amigos se proponen ayudarlo. Era preciso asegurarle la subsistencia para que se dedicara exclusivamente a la traducción; Adolfo de Obieta se ocupa de organizar a los amigos.

“En lugar de buscar un mecenas habíamos tenido la idea de reunir a una docena de amigos de buena voluntad cuya contribución sería de cien pesos cada uno, lo que nos permitiría reunir mil doscientos pesos, o sea una subvención de trescientos pesos por mes. Se precisaba que no se trataba de un regalo sino de un préstamo, pues los cien pesos les serían devueltos a cada contribuyente cuando se cobraran los derechos de autor. Era una especie de fondo nacional para las artes… Pero en esta ocasión, como en tantas otras, la solución vino de parte de Cecilia Benedit de Debenedetti a quien Gombrowicz dedicó la edición argentina de ‘Ferdydurke’ […]”.

Adolfo de Obieta había publicado, antes de que Gombrowicz emprendiera la traducción de “Ferdydurke”, un cuento que forma parte de esta novela: “Filifor forrado de niño”. A pesar de la buena voluntad que le manifestaba el hijo de Macedonio Fernández Gombrowicz no hacía excepciones con él.

“Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia. Creo que González Lanuza ha dado cátedra acerca de las cien maneras de hacerse querer; Gombrowicz hubiera podido describir las cien maneras de resultar desagradable […] A parte del hecho de que diera vueltas en torno a su órbita solitaria, era capaz, en el momento de sus apariciones, de dar pruebas de un talento único para desagradar. Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia […]”.

“No hacía como algunos aristócratas que se muestran groseros durante dos minutos para liberarse para siempre de una persona molesta, sino que a veces se entusiasmaba con sus maniobras de autodefensa y era capaz de alienarse a personas que podrían admirarle y ayudarle. Ese demonio nunca lo abandonó […]”.

“Me gustaría añadir, para rendirle un homenaje, que nunca lo he oído quejarse. Este hombre que había escrito ‘Ferdydurke’, que se había quedado sin nada, encontraba probablemente más gracia y más lógica que nosotros en su propia vida. El aristócrata podía ser incisivo, excesivo, antipático, pero no podía ser amargo. Su respuesta no era el gruñido, ni la irritación, ni la resignación, su respuesta era Gombrowicz”.

Eduardo González Lanuza padeció el exceso de antipatía que despertaba Gombrowicz más que ningún otro hombre de letras argentino.

Cuando apareció el “Diario argentino” escribió una nota excelente para la revista “Sur”, un texto que la Vaca Sagrada le pidió como testimonio para su “Gombrowicz en Argentina”, pero no lo publicó. De igual modo le mandó un ejemplar dedicado a través de Alicia Giangrande.

“Debo agradeceros los trabajos que os habéis tomado para enviarme el tomo del repelente Gombrowicz, o como sea, aunque acaso hubiese sido mejor que directamente se lo hubierais entregado a alguno de sus admiradores. No sé por qué la señora Rita se tomó el trabajo de pedir mi autorización para publicar mi artículo de ‘Sur’ y, a última hora, decidió prescindir de él, pero no de alguna carta de ese caballero en la que me alude con su habitual insolencia: ‘Está aquí González Lanuza que huye ante mí tal un conejo ante un león embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo’ (carta desde Piriápolis, 14 de febrero 1963 a Mariano Betelú a quien en otras cartas le llama ‘cariñosamente’ con el significativo sobrenombre de ‘Flor de Quilombo’!!!) […]”.

“En verdad, cuando lo veía llegar con su estampa de antipático profesional, de haber sido ello posible, mi primer deseo hubiera sido desaparecer, no por el insensato temor conejil que me atribuía, sino por liberarme de la presencia de su presuntuosa y presunta superioridad, que me producía, no temor, sino algo muy distinto: aburrimiento. La pedantería siempre me ha resultado insoportable: era bastante sintomática su preferencia por la inmadurez juvenil, no del todo desprovista de cierto matiz pederástico”.

Hay que decir, sin embargo, que González Lanuza escribió hace más de cuarenta años un buen texto sobre el “Diario argentino”, un pequeño ensayo que aventaja con holgura muchas intervenciones posteriores de los escritores hispanohablantes. Algunos de sus pasajes nos muestran cuánta era la paciencia que tenía con Gombrowicz.

“Erguido, con el aire de quien se ha tragado un asador y se siente feliz al no acabar de digerirlo, sentado frente a su interlocutor, pero no del todo de frente, sino de modo tal que su mirada forme un ángulo, no excesivo pero evidente, digamos de unos quince grados, para que esa pequeña pero significativa desviación señale las diferencia entre el ser y el no-ser, accediendo al reconocimiento del semi-ser ajeno, no por caridad, sino por necesidades intelectuales imprescindibles para no confesarse que está hablando a solas […] Nos dice que durante un tiempo se hizo pasar por conde. En realidad habría que reprocharle la excesiva facilidad del embuste, pues su natural empaque lo hace de una verosimilitud abrumadora […]”.

“Padecí el flagelo de su inteligencia, tan lúcida como inaguantable por su inmisericorde falta de intermitencias, durante las largas tardes arruinadas por ella, de un verano entero en mi retiro piriapolitano […]”.

“Llegaba con el confesado propósito de discutir conmigo. Ver disminuir la numerosa soledad de mis pinos marítimos por la condescendiente presencia de un caballero polaco que venía a imponerme su personal necesidad de training intelectual adjudicándome una hipotética, y desde luego provisoria, existencia, sin otra finalidad que la de cerciorarse de la indiscutible seguridad de la suya, no era para mí, ni desde luego para mi mujer, un especial motivo de deleite […] No soy un excesivo cultor de lo que se llama ‘urbanidad’. Lo declaro antes de referir una anécdota reveladora de que a todo hay quien gane […]”.

“Una de esas tardes estaba en casa nuestro amigo Franco de Segni que preparaba una exposición de ‘móviles’, y que había hecho con algunos de sus modelos, unos graciosos dijes de oro. Mi mujer tenía uno puesto cuando apareció el inevitable Gombrowicz. El encuentro entre Franco y Witold no era de los fáciles. Para tratar de facilitarlo, mi mujer se sacó el dije y se lo alargó al recién llegado, diciéndole: —Es obra de nuestro amigo. Gombrowicz se limitó a tomarlo entre sus dedos con la asqueada curiosidad con que podría haberlo hecho con un bicho poco interesante, y tras muy breve silencio emitió su inapelable veredicto al tiempo que devolvía el cuerpo del delito: —Inmoral. […]”.

“Una de sus fobias de entonces era Borges, que acababa de recibir el premio Formentor, poco después adjudicado al propio Gombrowicz, y como conocía mi admiración por su obra, procuraba estimular mi indolencia polémica con sus ataques ingeniosamente malévolos de divertida arbitrariedad […]”.

“De pronto se me hizo sospechosa cierta actitud reticente que en vano trataba de ocultar lo ya inocultable: —Gombrowicz —le dije— ¿Ud. ha leído a Borges?; —Naturalmente que no —respondió imperturbable— ni pienso, con la pobre opinión que tengo sobre su obra… Nunca he oído dicterio más borgiano contra Borges, cosa nada extraña, pues en materia de arbitrariedad es más lo que les asemeja que lo que les diferencia entre sí”.

Puede ser que en la naturaleza de las provocaciones de Gombrowicz esté presente el conflicto sartreano de la lucha de las trascendencias en la que cada uno trata de exceder al otro con la suya… puede ser. “El Gran Dictador” es una película de Chaplin en la que Hitler y Mussolini, sentados en los sillones de una peluquería, levantan sus asientos con una palanca buscando ambos elevarse sobre el nivel del otro y sobrepasarlo, un símbolo de la lucha entre dos trascendencias.

La casa de González Lanuza en Piriápolis fue un lugar de maniobras en el que Gombrowicz se introdujo cuanto quiso sin que nadie lo llamara. Acostumbraba a caracterizar estas intrusiones estrafalarias en la correspondencia que mantenía con nosotros.

“Está aquí González Lanuza que huye ante mí tal un conejo ante un león embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo”.

El pobre González Lanuza, miembro ilustre de la Academia Argentina de Letras, que quería parecer una persona respetable, de repente se dio cuenta que a esa augusta sociedad de escritores había entrado un mono por la ventana que les saltaba de un lado a otro y no lo podían atrapar. El mono, nacido en Polonia, con el tiempo llega a tenerles cariño y confianza a esos desgraciados y los empieza a morder. Y los pobres hombres de letras tranquilizados a duras penas después de muchos años de lucha con su neurastenia y con sus infortunios, no saben qué hacer.

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