21.9.10

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR SANDAUER


Por Juan Carlos Gómez

“¡Mísero de mí! Estoy en cama. Lumbago […] le aconsejo, Dominique, que no vaya en coche con Sandauer; es un pésimo conductor […] Desgraciadamente no puedo hacer nada por el momento. Dentro de unos días me propongo elegir para usted un texto de igual longitud que ‘Dante’. Hitler es demasiado breve, son apenas dos páginas del ‘Diario’ […]”.

Las relaciones de Sandauer con Gombrowicz eran ambiguas. Sandauer tenía las manos atadas en la Polonia Popular, además quizás estuviera tomando alguna revancha de lo que Gombrowicz había escrito en los diarios sobre él. Lo había caracterizado como una especie de escarabajo solitario que seguía su propio camino, un mastodonte, un monje, un hipopótamo, un excéntrico, un inquisidor, un mártir, un aparato, un cocodrilo… un sociólogo.

“En una literatura patriótica y moralizante como la polaca, Gombrowicz representa un fenómeno excepcional. Basta con recorrer cualquiera de sus libros para convencerse de que, en el lugar del patriotismo, lo que aquí domina es el egotismo, que el único imperativo de esta obra es la fidelidad hacia sí mismo”.

A juicio de Sandauer las tendencias progresistas se vieron contrastadas por el implacable culto a la separación de la literatura de la vida. Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo una gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por el infantilismo y el subconsciente.

En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa (puesto que ‘Ferdydurke’ no significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles, y las cuestiones sociales a la época de la niñez y a la esfera de los reflejos subconscientes.

Sandauer centró sus críticas a Gombrowicz sobre su homosexualidad y sobre su fascismo.

“Apuesto a que estos recuerdos de Berlín caerán las manos de gacetilleros, a que la política bailará a su alrededor una danza negra, a que yo, artista, seré entregado al articulista, yo, hombre, me convertiré en pasto de redactores, en blanco de los ataques de publicistas, seré bocado de nacionalismos, capitalismos, comunismos y el diablo sabrá qué más, me convertiré en víctima de ideologías y mitologías, además, seniles, aniñadas, escleróticas, burocráticas y, en definitiva, perfectas para tirarlas a la basura”.

Pero no solamente de gacetilleros, también había caído en las manos de Sandauer, que después de los siete años de silencio que le venían de Polonia desde la época del deshielo, escribe sobre su fascismo y sus perversiones sexuales.

Las confidencias que hace Gombrowicz sobre su homosexualidad son confesiones a medias, porque no siempre lo había sido, y porque, a su juicio, casi no había hombre que no hubiera experimentado esa tentación.

“¿Qué puede saber ese cactus de Sandauer, me pregunto, sobre el Eros, pervertido o no? Para él el mundo erótico siempre será una habitación aparte, cerrada con llave, que no se comunica con otras habitaciones de la vivienda humana. La sociología, sí, la psicología…, éstas son las habitaciones donde se siente como en su casa. Pero el erotismo es para él una monomanía […]. Algunos verán en mi mitología del ‘Joven’ la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una observación: ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible por completo ante la belleza del muchacho? […]”.

“Y aún más: ¿cabe decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre naciente, no es otra cosa que extravío…? Y si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable?”.

Las fábulas volátiles de los artistas son consistentes sólo cuando nos revelan alguna realidad, la que fuere, y la pregunta que nos debiéramos hacer sobre las perversiones eróticas de Gombrowicz es si ellas han llevado al descubrimiento de alguna verdad; si no fuera así no vale la pena romperse la cabeza, sería un caso para ser tratado por la medicina. Para Gombrowicz el hombre joven debe convertirse en un ídolo del hombre realizado que envejece.

El dominio orgulloso del mayor sobre el menor sirve para borrar una realidad, la realidad de que el hombre en declive sólo puede tener un vínculo con la vida a través del joven, ese ser que asciende, porque la vida misma es ascendente.

La naturaleza insuficiente y ligera del joven es un factor clave para la comprensión del hombre y del mundo adultos, existe una cooperación tácita de edades y de fases de desarrollo en la que se producen cortocircuitos de encantamientos y violencias, gracias a la cual el adulto no es únicamente adulto.

Estas afirmaciones, aunque no están formuladas abiertamente en “Pornografía”, son las que determinan la naturaleza del experimento que lleva a cabo Gombrowicz con sus tendencias homosexuales.

Pero, para cierta especie de críticos, la acción de esta novela es un fábula arbitraria y mágica que ocurre simplemente por orden de Fryderyk, un personaje sobrenatural y casi divino, que vendría a ser algo así como el alter ego de Gombrowicz.

Las naturalezas no eróticas como la de Sandauer tienen dificultades para penetrar en los mundos eróticos, además, las obras de Gombrowicz son difíciles, sin embargo, la estupidez de los críticos debiera tener un límite, el límite de no escarbar en las perversiones de Gombrowicz sin la capacidad de descubrir a qué consecuencias llevan.

El fascismo de Gombrowicz, en cambio, es irreal, de vez en cuando aparece como un reflejo de su crítica al comunismo y especialmente al provincialismo polaco que lo había atormentado desde su más tierna juventud.

En el año 1938 viajando de Roma a Venecia Gombrowicz conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: —¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; —Entonces no quedaría de esto ni una piedra. Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz.

Gombrowicz vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo.

Todas las posiciones políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.

“La derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda yo era un anacronismo insoportable. Pero de alguna manera veo en ello mi misión histórica. Ah, entrar en París con una desenvoltura ingenua, como un conservador iconoclasta, un terrateniente vanguardista, un izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas, un sármata argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico, un maduro inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente sincero, sinceramente artificial […]”.

Pero Gombrowicz se había tomado un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa.

“Veinticuatro años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos, alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al día… Los auténticos argentinos decían con naturalidad ‘qué porquería de país’, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia sofocante de los nacionalismos”.

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