1.10.14

UNA ANÉCDOTA DE JUAN CRISTÓBAL SOBRE AL GRAN POETA PERUANO ALBERTO HIDALGO

El gran vate, sonriente, al lado izquierdo.

ALBERTO HIDALGO


Alberto Hidalgo. Con quién no se peleó el arequipeño. Se metió con todos, no respetó a nadie. Se manejaba un ego descomunal que lo llevó a postularse al Premio Nobel de Literatura. En una oportunidad en que estuve de visita en la casa del poeta Arturo Corcuera, en Santa Inés, me contó que allá por inicios de los sesenta llegó desde la Argentina, donde estaba afincado, el poeta Hidalgo. Por esos años Corcuera tenía un carro que bautizó con el nombre de Platero, en él llevó de paseo a Hidalgo hasta el balneario de Ancón (territorio exclusivo de las clases más pudientes); por iniciativa del arequipeño se bajaron del carro y se bañaron para “orinarle la playa a los aristócratas limeños”. Hidalgo tuvo una vida signada de muchísimas anécdotas, algunas de ellas sabrosas, como esta que cuenta el mismo Corcuera en una entrevista: “Había unos choques enormes (con los apristas), sobre todo con Alberto Hidalgo. Una vez, él llegó a dar un recital en San Marcos y se armó la “trompeadera”. Estábamos Alejandro Romualdo, César Calvo, Tomás Escajadillo y yo. Imagínese esa fuerza de choque, ¡de lo más frágil! Pero hubo un gesto de Alberto Valencia, que en esa época comandaba a los apristas y que siempre recordaremos. Él decía: ‘A los poetas los respetan', pero a Hidalgo lo odiaban porque era provocador, había escrito cosas horribles contra Haya; entonces, los apristas empezaron a gritar: ‘¡Abajo los traidores! ¡Abajo los traidores!’. Y él, desde la baranda, dijo, ‘efectivamente, abajo están los traidores’. Ahí le empezaron a tirar huevos podridos, que le cayeron a Gustavo Valcárcel, quien también estaba ahí. Un poco le salpicó a Hidalgo; entonces, Romualdo le dijo, ‘ahora eres Hidalgo de la mancha’ (ríe). Tuvimos que escapar por los techos”.

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